Capítulo 11: La quinceañera triste

Por: José “Pepe” Ojeda

Eran más de las 8:00 de la noche. Carla llegó por fin a su casa luego de estar todo el día en la oficina. Estaba preparando una presentación para la cuenta más importante de la agencia de publicidad donde trabaja. Cansada, Carla se sentó a cenar con su hija Beatriz. Mientras cenaban, Beatriz le recordó a su madre que dentro de unos meses ella cumpliría sus 15 años.

-Mamá, ya sé lo que quiero para mis quince. Quiero irme en un crucero con mis amigas –

¿Un crucero?, reaccionó Carla. –¿No quieres celebrar tu quinceañero? -Bueno, sí, pero no con una fiesta. Ya eso pasó de moda, mamá, le respondió Beatriz.

Carla no podía concebir el hecho de que Beatriz no tuviese una fiesta de 15 años. Para Carla, un quinceañero era el sueño que ella nunca había podido realizar. Su familia era humilde y sus padres nunca pudieron concederle ese deseo. Ella, sin embargo, tenía amplios recursos económicos para celebrarle a su hija una fiesta por todo lo alto. Desde que Beatriz era muy pequeña, Carla se había propuesto darle a su hija lo que ella nunca pudo tener. Cegada por su ilusión, Carla estaba convencida de que si sorprendía a Beatriz en sus quince con una enorme fiesta, la disfrutaría tanto que se olvidaría de la idea del crucero y por siempre le agradecería a su mamá la decisión. Carla estaba segura de que si no le daba ese regalo a su hija, más tarde se lamentaría de no haberlo hecho. Así que decidió ejecutar su plan en secreto para darle esa gran sorpresa a Beatriz.

Entusiasmada, Carla se dio a la tarea de coordinar todo lo necesario para la fiesta. Alquiló las sillas y las mesas y reservó el lugar donde se llevaría a cabo el evento. También ordenó hacer un hermoso pastel y preparó las invitaciones. Contrató al fotógrafo y a una excelente coordinadora de actividades que le recomendó una amiga. Finalmente, Carla contrató a los músicos que amenizarían la fiesta. Solo faltaba escoger el vestido que luciría Beatriz en su quinceañero. Ya todo lo demás estaba coordinado. Se enviaron las invitaciones y casi todos los invitados confirmaron su asistencia.

Mientras tanto, Beatriz buscaba ofertas de cruceros por internet para mostrárselas a su mamá.  Al fin encontró una excelente oferta a buen precio y le dijo a Carla:

-Mira, mamá, este crucero va por las islas del Caribe, incluye todo y el precio es fabuloso. ¿Podemos hacer la reservación? 

Carla le contestó: –Si, envíame la información y lo haré luego. Pero Carla seguía con sus planes, segura de que su idea era la mejor. 

El día de la fiesta ya todo estaba listo. Carla coordinó con la mejor amiga de Beatriz para que la llevara al lugar de la fiesta con el pretexto de antes salir juntas de compras por unas horas. Aún no sabemos cómo lo hizo, pero su amiga se las ingenió para convencer a Beatriz de probarse un hermoso vestido en la tienda.  A Beatriz le encantó el vestido. Su amiga fingió comprárselo como regalo de cumpleaños y la convenció para salir de la tienda con el vestido puesto para mostrárselo a su mamá. Era el vestido que ya Carla había pagado y reservado para ella. Cuando iban rumbo al lugar de la fiesta, la amiga de Beatriz le dijo que iban a recoger a su mamá porque estaba saliendo de una reunión con unos clientes.

Al llegar al lugar, Beatriz no tenía idea de que todos estaban escondidos esperándola. Al ella entrar, todos gritaron: ¡SORPRESA! Inmediatamente comenzó la música y la celebración. Todos estaban muy alegres. Beatriz, sorprendida, no sabía cómo reaccionar. Tenía sentimientos encontrados. Le agradaba ver a tantos amigos y familiares reunidos, pero no podía evitar sentirse desilusionada. Beatriz había asistido a los quinceañeros de algunas de sus amigas y primas y no le gustaba la formalidad de esas fiestas. A ella le parecía ridículo gastar tanto tiempo y dinero por seguir una tradición haciendo fiestas con lujos y ceremonias pomposas.

Beatriz intentaba disimular con sonrisas su desagradable sorpresa. Orgullosa, su madre la llevaba de la mano para saludar formalmente a cada uno de los invitados, mientras el fotógrafo la perseguía como un paparazzi capturando cada momento. Luego de saludar a todos e intentar compartir un poco con los invitados, Beatriz no pudo ocultar más su decepción y se alejó del grupo saliendo afuera a secar sus lágrimas. Estaba muy dolida y triste porque su mamá no le había tomado en cuenta su deseo. También estaba muy molesta por tener que soportar en su cumpleaños esas odiosas formalidades. Carla, mientras conversaba con algunos invitados durante la fiesta, alcanzó ver de lejos a Beatriz llorando sola en el patio del lugar y acudió a ella para ver qué le sucedía.

¿Qué te pasa, Beatriz? ¿Te sientes mal? ¿Estás enferma?

-No, mamá, no te preocupes, sigue disfrutando la fiesta, le contestó Beatriz.

Pero ante la insistencia de su madre por saber qué le sucedía, Beatriz no aguantó más y le dijo:

¿De veras quieres saber lo que me pasa, mamá..? Que nunca me escuchaste. Yo nunca quise esta fiesta. Esta no era la forma en que yo quería celebrar mis quince años. Esto es algo que TÚ querías hacer, no yo. Así que mejor ve tú a celebrar con tus invitados y déjame aquí afuera tranquila.

Al escuchar esas palabras, Carla sintió su alma desmoronarse. Esperaba complacer a su hija con lo que ella pensó que le agradaría, pero no se daba cuenta de que en realidad lo que deseaba era ver sus propios sueños y aspiraciones realizados en Beatriz. Cegada por su afán de hacer algo para impresionarla, Carla olvidó que el objeto de la celebración no eran sus propios sueños; era su hija. El trabajo de coordinación de Carla había sido magistral. La fiesta había quedado de maravilla y los comentarios de los invitados eran muy positivos. Enfocada por impresionar a otros y realizar su sueño, Carla organizó la fiesta perfecta sin dejar fuera ni un solo detalle, excepto el deseo de su hija. Carla había perdido de vista el objetivo principal y tristemente, el amargo recuerdo de ese día quedó marcado en la mente de Beatriz para el resto de su vida. Ahora la frustración de Carla era por partida doble. No solo quedó frustrado el intento de realizar su sueño personal, sino que también frustró el sueño de su hija.

Muchas veces en la Iglesia cometemos errores muy parecidos al que cometió Carla. Nos concentramos tanto en las cosas que queremos hacer para Dios que perdemos de vista a Dios mismo. Nos dejamos cegar por nuestros propios intereses y nos olvidamos de que el propósito más importante de nuestra existencia no es el de servir en la obra ni tener grandes ministerios, sino el de amar a Dios sobre todas las cosas. Esto incluye amarle por encima de nuestros sueños, deseos y aspiraciones. A veces, obsesionados por adquirir logros y posiciones, utilizamos a Dios como herramienta para obtener lo que queremos. En vez de desearlo a Él, estamos más interesados en obtener Sus beneficios.

Tal vez esto sea difícil de digerir, pero debemos reconocer que a veces muchos cristianos llegamos a tratar a Dios como lo hace una mujer joven que se casa con un hombre mayor solo por su fortuna. Sin embargo, el resultado de buscar a Dios de esa forma termina en doble frustración porque no solo frustramos el verdadero propósito de nuestras vidas, sino que también herimos el corazón de un Dios que nos ama y que dio su vida por nosotros en la cruz. No intento reducir a Dios comparándolo a una niña de 15 años, pero sí puedo comparar a muchos cristianos con el caso de Carla. Carla justificaba la motivación que la movió a coordinar la fiesta perfecta para Beatriz, pero no se daba cuenta de que en el fondo, todo eso era realmente para sí misma. Su egoísmo la llevó al punto de ignorar el deseo de su hija. No estoy diciendo que Carla no amara a Beatriz, pero a veces nos hace falta detenernos a escuchar cómo nuestros seres queridos desean ser amados.

De igual forma, debemos procurar saber cómo Dios desea ser adorado. A menudo perdemos mucho tiempo y esfuerzo en afanes y supuestos ministerios. Queremos “adorar” a Dios haciendo lo que mejor nos parece. Celebramos toda clase de eventos y conciertos con excelencia “para Dios”, pero no nos tomamos el tiempo de escuchar Su voz y hacer lo que Él quiere. Si lo hiciéramos, el proceso de cambio que Dios haría en nosotros nos convertiría en verdaderos testigos suyos. Así comprenderemos de una vez que el ministerio más poderoso que jamás podamos tener es el de nuestra propia vida transformada.

Dios es espíritu, y los que lo adoran, para que lo adoren como se debe, tienen que ser guiados por el Espíritu. Se acerca el tiempo en que los que adoran a Dios el Padre lo harán como se debe, guiados por el Espíritu, porque así es como el Padre quiere ser adorado. ¡Y ese tiempo ya ha llegado! (Juan 4:23-24)

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