Capítulo 8: Metidos en la caja

Por: José “Pepe” Ojeda

Hace un tiempo tuve una interesante conversación con el pastor de una Iglesia muy conocida en los Estados Unidos. Mientras compartíamos, este pastor abrió su corazón y me preguntó: “Hermano, ¿no te parece que la adoración, tanto en mi iglesia local como en la comunidad cristiana en general, se ha sistematizado al punto de la uniformidad? Todo se ha vuelto demasiado predecible y controlado…”

Él tenía razón. La adoración en la mayoría de las congregaciones cristianas de hoy se ha convertido en un sistema de patrones y fórmulas. La parte más interesante de la conversación fue cuando este pastor continuó diciendo: -“Yo siento en mi corazón que tiene que haber algo más”… Nuevamente, estaba en lo cierto. Luego añadió: –“Creo que Dios espera de nosotros algo mejor. Tenemos que mejorar…”

En ese momento sentí deseos de interrumpirlo para contestarle, pero guardé silencio hasta dejarlo terminar. El terminó con la siguiente pregunta: –“¿Qué opinas tú sobre esto? ” Antes de contestarle, le pregunté: -“¿Busca usted una contestación elegante, o una contestación sincera? El, entendiendo mi insinuación, sonrió y me dijo: –“Quiero que me des tu respuesta sincera.” Yo le contesté que “la solución no está en solo mejorar lo mismo que se ha estado haciendo. Para resolver este asunto, es necesario humillarse, arrepentirse y cambiar radicalmente”.

La audacia de mi respuesta lo sorprendió, pero luego de meditar por unos segundos dijo; –“Es verdad… creo que nos hemos desenfocado…” Entonces, casi al instante añadió: -“Pero ¿cómo vamos a cambiar las cosas después de todo el tiempo, dinero y esfuerzo que se ha invertido? Nos tomó años llegar hasta aquí; hemos llegado muy lejos y logrado tantas cosas…” Yo le contesté que si era cierto que habían llegado tan lejos, entonces ¿para qué me hizo esa primera pregunta? -“Hermano, tu respuesta es dura”, reaccionó; a lo cual respetuosamente le respondí: –“Usted me pidió una contestación sincera, cierto?

Ese es el dilema de muchos pastores, líderes y ministros de adoración hoy día. Muchos saben que tenemos que cambiar, pero muy pocos están dispuestos a hacerlo. Han adoptado los modelos de éxito corporativo y crecimiento que están de moda y han seguido las mismas estrategias de mercadeo que siguen las mega iglesias famosas. Sin embargo, en el proceso han comprometido principios fundamentales que para Dios no eran negociables.

No está mal extraer los beneficios que dichas estrategias ofrecen en términos de organización, planificación y crecimiento, pero adoptar dichas estrategias sin el discernimiento necesario puede ser muy peligroso. Muchos líderes y pastores han preferido la satisfacción personal que ofrece el éxito antes que rendirse a Dios y hacer Su voluntad. Ellos optan por seguir al pie de la letra los mismos modelos comerciales que los ministerios famosos utilizan. Están más interesados en ver crecer su congregación a pasos acelerados y en darse a conocer mundialmente a través de las redes sociales.

Esta tendencia ha convertido a muchas iglesias en maquinarias de mercadeo religioso enfocadas en alcanzar metas basadas en números y estadísticas. Dichas estrategias dieron resultado e hicieron todo lo que fueron diseñadas para hacer. El éxito se logró y la congregación creció en números, pero ¿qué sucedió? Obtuvimos lo que queríamos del hombre, pero no lo que necesitamos de Dios, y no existe estrategia humana que nos pueda proveer eso que realmente necesitamos.

Podemos saborearnos el éxito contemplando los números y las estadísticas favorables. Podemos publicar nuestros logros en las redes para que el mundo entero nos conozca, pero en realidad es penosa nuestra situación porque al ignorar la voz de Dios, le hacemos altares a otros dioses en nuestro corazón. Nos dejamos guiar por el éxito de nuestras obras y por cómo la gente disfruta lo que hacemos. Esto nos hace necios porque creyendo que estamos haciendo la obra de Dios, en realidad estamos adormecidos por la idolatría. (Apocalipsis 3:14-22) Alcanzamos el éxito, pero a cambio nos han robado la victoria. Terminamos amoldándonos al sistema de una sociedad que estábamos supuestos a cambiar. Nos convertimos en un reflejo del sistema cuando en realidad fuimos llamados a ser una influencia. Ignoramos el elemento esencial necesario para ser transformados y ejercer lo que hubiese sido una poderosa influencia de cambio a nuestra sociedad y al sistema religioso que hoy nos controla.

La consecuencia de haber escogido este curso de acción es que nos quedamos encerrados en la caja del sistema en el que nos metimos y ahora no sabemos cómo salir. La caja de dicho sistema se convierte en una camisa de fuerza que nos paraliza espiritualmente desde el momento en que dejamos de confiar en Dios para seguir las estrategias de los hombres y buscar la aprobación de la gente.

Muchas veces pretendemos buscar resultados fuera de la caja mientras aún estamos dentro, pero eso es imposible. Cuando tratamos de controlar las cosas y meter a Dios en la caja de nuestros métodos y preferencias humanas, Él siempre se sale y somos nosotros los que nos quedamos ahí encerrados. Es ahí que entonces es necesario cambiar nuestro curso de acción, arrepentirnos y dejarnos transformar por Dios para que entonces el deseo de salir de la caja sea más grande que el miedo a hacerlo. Será entonces cuando por fin nos demos cuenta de que nada somos si no nos sometemos a Él.

¿Por qué nos metimos ahí? Seguramente porque nos ha faltado la fe y sin fe es imposible agradar a Dios. Sin fe terminamos poniendo nuestras esperanzas en cualquier cosa que nos vendan. Nos desconectamos de nuestra relación con Él y perdemos la capacidad de andar según Su perspectiva para entonces recurrir a la nuestra. Perdemos la confianza en Dios porque adoramos como los samaritanos, que adoraban a un dios que no conocían (Juan 4:22).

Adoramos a líderes porque pensábamos que estaban ungidos. 

Adoramos las canciones que nos gustaban y nos hacían creer que estábamos sintiendo la presencia de Dios. 

Adoramos la emoción de adorar y cantar, pero perdimos de vista a Dios, siendo Él quien debe ser el objeto de nuestra adoración.

Adoramos a nuestros artistas cristianos favoritos y nos convertimos en sus fans, corriendo a verlos en conciertos y eventos cristianos.

Adoramos el éxito que nos trajeron las estrategias de mercadeo religioso que utilizamos.  

Adoramos nuestra popularidad y preferimos la aprobación de la gente a la aprobación de Dios. 

Adoramos mucho, si; pero no adoramos a quien teníamos que adorar y como resultado nos quedamos encerrados en… si, adivinaste, la misma caja. Pensamos que todo eso era adoración, pero estábamos terriblemente equivocados.

La evidencia que demuestra este hecho es que aunque llevamos años haciendo todas esas cosas, no hubo cambios y si no hay una transformación evidente, entonces en realidad no hubo adoración. Si la verdadera adoración no florece en nosotros, tampoco puede haber en nuestras vidas un testimonio real que impacte al mundo que nos rodea. Lo que entonces nos queda son fabricaciones huecas que emocionan pero no convencen ni transforman. Es imposible cambiar lo que nos rodea si primero no cambiamos nosotros.

Es hora de librarnos de esta crisis de fe y caminar agarrados de la mano de Dios confiando en Él para que guíe nuestros pasos. Sin embargo, la única forma de hacerlo es humillándonos y arrepintiéndonos ante Dios y adorándole según Su voluntad. Esto seguramente signifique ir en contra de la corriente por la que íbamos antes. Tal vez disminuya el éxito y la popularidad que teníamos. Es muy posible que muchos de los que antes nos seguían ahora nos den la espalda, pero esto es necesario para que nosotros, en vez de intentar brillar por luz propia y ser los protagonistas, dejemos que Dios sea glorificado por medio del testimonio de nuestras vidas transformadas.

Tres pasos son necesarios: 

1. El primer paso es la ALABANZA. Debemos aprender de nuevo a alabar a Dios genuinamente y reconocerle por encima de todas nuestras agendas, sueños y necesidades. (Véase el capítulo 4)

2. El segundo paso es la ADORACIÓN. Es necesario aprender a vivir postrados(véase los capítulos 3 y 6)

3. El tercer paso es la PROCLAMACIÓN que sucede cuando la transformación que Dios produce en nosotros nos llena de Su Espíritu Santo al punto de que ya no podernos permanecer callados. Su Espíritu produce en nosotros la pasión por serle testigos que proclamen a otros Sus maravillas y las buenas nuevas de salvación. Ese gozo del Espíritu es el impulso que nos da las fuerzas para salir de la caja. 

1. La alabanza es la expresión de una decisión que cuesta.

2. La adoración es la reacción a una presencia que transforma.

3. La proclamación es el testimonio que liberta.

En el próximo capítulo tocaremos el tema de los ministros cristianos famosos y las encrucijadas con las que se encuentran en el transcurso de sus carreras.

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One thought on “Capítulo 8: Metidos en la caja

  1. Yo conozco el monstruo del “ éxito ministerial “ porque vivi en sus entrañas. También conozco la diferencia entre un “ Centro de Entretenimiento “ y una Iglesia de Reino ( Lo que vivo ahora).
    Como tu bien has dicho; El secreto está en el capítulo 4 del evangelio de Juan . Fui invitado a entrar por esa puerta a principios de la década del 90. Mi transición fue dolorosa. Pase de ser Pastor principal de una de las Iglesias de mayor impacto en PR y con una infraestructura artística envidiable, a una metamórfosis que comenzó con mi esposa y conmigo y terminó con una reestructuración integral hasta el día de hoy que continua. Todo comenzó con una pregunta que me hizo rl Espíritu Santo a mi espíritu . Entiendes lo que lees? Entiendes lo que significa “ Adorarle en espíritu y en verdad? Me arriesgué y le dije; Yo quiero y mi esposa Doris dijo; Yo también.
    Hoy caminamos entendiendo y viviendo “ Quienes son los verdaderos adoradores que El está buscando y sobre todo, cómo “ reinar en vida” Romanos 5:17
    Desde nuestro corazón:
    Jorge y Doris.

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