Por: José “Pepe” Ojeda
En el capítulo anterior analizamos cuál sería la opinión de Dios sobre el estado de la adoración en las Iglesias de hoy. También imaginamos a Jesús siendo entrevistado en un “talk show” donde el anfitrión le pregunta si le agrada la adoración que la Iglesia le ofrece. El concepto de tener a Jesucristo como invitado en una entrevista televisada nos podrá parecer gracioso o absurdo, pero lo que se plantea en esa situación imaginaria tiene unas implicaciones muy profundas. No es fácil enfrentar lo que pudiese ser la respuesta de Jesús a estas preguntas. Ningún cristiano con cierto nivel de cordura se atrevería a asumir que Dios está satisfecho con el proceder de la Iglesia moderna, pero admitir lo contrario sería confrontarnos con el hecho de que sabiendo que no está bien, hemos seguido en la misma práctica año tras año. Algunos, en un intento por justificarse podrían responder que “todos estamos en un proceso porque Dios aún no ha terminado con nosotros”, y estarían en lo cierto. Todavía no hemos llegado a la plenitud de Cristo, pero es necesario saber si vamos en la dirección correcta y determinar si es necesario corregir el curso.
El primer paso para saber la respuesta de Jesús a las preguntas que le hizo el anfitrión del programa es definir lo que es adoración. Intentaremos hacer esto de una forma sencilla sin necesariamente entrar en largas disertaciones teológicas. Una vez definida, no debe entonces ser difícil hacer una comparación entre lo que la definición dice y lo que la Iglesia hace. No nos sorprenda que este análisis nos haga concluir que en efecto necesitamos con urgencia corregir el curso que llevamos .
¿Qué es adoración? Comencemos por mencionar algunas cosas que no lo son:
1. Adoración no es un género o estilo musical. Tampoco tiene que ver con cantar canciones suaves y sublimes.
2. Adorar no significa cantarle canciones románticas a Dios ni tampoco es otra palabra para describir el segmento musical de un servicio en la iglesia. Cantar canciones que contengan versículos bíblicos tampoco garantiza que eso sea adoración.
3. Levantar las manos o postrarse, aunque son actos a través de los cuales expresamos adoración, no necesariamente definen lo que la adoración es.
4. Esmerarse por hacer cosas a nivel profesional en la iglesia no es adoración.
5. Producir grabaciones y videos musicales para promovernos como adoradores no es adoración.
6. Hacer y lograr muchas cosas “para Dios”, pero sin rendirnos para que sea Él quien reine y cambie nuestras vidas, definitivamente no es adoración.
7. Cantar canciones que adoren a Dios tampoco es adoración, ya que ninguna canción adora. Adoramos nosotros y las canciones son una forma de expresarnos. En realidad no existe tal cosa como una “canción de adoración” o “worship song”. Lo que existe es la actitud y la intención de adorar en el corazón. Eso es lo que Dios mira. Para Dios, el solo cantar una canción es irrelevante porque ya Él conoce nuestro corazón desde mucho antes que la cantemos.
Entonces, ¿qué es adorar?
Adoración es lo que nos pasaría si de repente estuviésemos en presencia del Dios verdadero. Esto parece sencillo, pero antes de seguir debemos aprender a discernir la diferencia entre lo que es estar en la presencia de Dios y estar bajo la influencia de nuestras emociones. La presencia de Dios nos llena de gozo, nos fortalece espiritualmente y transforma nuestro ser. Sin embargo, dejarnos llevar solo por lo que sentimos nos debilita y nos hace presa fácil del engaño y la idolatría. No hay nada malo con sentir emociones, pero no podemos estar sometidos a ellas y a Dios a la vez. Muchas veces las emociones que la música provoca nos pueden hacer pensar que estamos “sintiendo” la presencia de Dios; pero la adoración no se trata de lo que uno siente. La adoración se trata de lo que uno reconoce.
Adorar es reconocer el valor de Aquel a quien se adora. Lo adoramos porque reconocemos que Él está muy por encima de nosotros y a su vez nada ni nadie está por encima de Él. Si conocemos a Dios y tenemos una relación íntima con Él, tenemos paz y gozo en nuestro corazón; pero si caemos en prácticas de idolatría poniendo cosas o personas en el lugar que le corresponde a Él, rompemos esa relación de amor como la que se rompe entre dos cónyuges cuando se comete un adulterio.
Una forma de expresión muy popular en la adoración de la Iglesia es la música, pero tocar música o cantar no es adorar. La música puede ser un medio de expresión muy efectivo, pero la música es solo el medio, no el objetivo. Sin embargo, la modalidad popular de adoración que existe en las iglesias de hoy se basa en un despliegue de música y canciones acompañadas de luces y ambientaciones a modo de espectáculo que lo que hacen es apelar a los sentidos. La experiencia es placentera y emocionante, especialmente para los jóvenes. Experiencias como estas los hacen querer regresar la próxima semana para “sentir la presencia de Dios” otra vez. Muchos pastores favorecen este escenario porque el templo se les llena de jóvenes que vienen a “adorar” a Dios… pero ¿es eso adoración, realmente?
Mirémoslo de esta forma: ¿Cómo reaccionaríamos si pudiésemos percibir de manera real que Dios está aquí? Si un domingo durante un servicio en la iglesia Dios se manifestara en todo Su esplendor y gloria de manera que no tuviésemos duda de que la presencia del Dios vivo ha llenado el lugar, ¿qué haríamos? ¿Cuál sería nuestra reacción?
¿Cantaríamos una canción de adoración de esas que son éxitos en la radio cristiana y que hoy se cantan en todas las iglesias?
¿Buscaríamos a los músicos más virtuosos de la congregación para tocarle un concierto con la mejor calidad profesional?
¿Nos pondríamos a danzarle una coreografía luciendo uniformes vistosos o colgándonos del techo con bandas elásticas para hacerle un espectáculo de “danza aérea” al Señor?
¡NO! Estaríamos postrados ante Él y no habría nada más que hacer. Tan solo el impacto de Su presencia nos haría caer al suelo totalmente rendidos. Me pregunto ¿cuántos de los muchos que hoy dicen ser adoradores realmente viven sus vidas rendidos a Dios? Lo que Dios busca es un corazón que lo adore en espíritu y verdad. Sin embargo, por lo que vemos suceder hoy en muchas iglesias es evidente que Dios no está presente o si lo está no nos hemos dado cuenta por estar tan ocupados en nuestras tendencias y modalidades cristianas.
Dichas tendencias tienen consecuencias. Las mismas ya se han comenzado a ver en las nuevas generaciones de jóvenes que llevando años asistiendo a la iglesia aún no conocen a Dios. Luego nos sorprendemos cuando al crecer deciden darle la espalda a unas creencias que ya para ellos no parecen tener sustancia. ¿Qué otra cosa podemos esperar de ellos cuando lo que vieron en la iglesia fue gente que solo buscaba entretenerse en sus propios gustos, sueños y aspiraciones?
Adorar es la reacción de aquellos que por fe reconocen la presencia de Dios en Cristo Jesús. El gozo abundante que hay en Su presencia es tal que no hace falta sentir nada ni escuchar canciones que nos inspiren o emocionen. Todas esas cosas son estímulos que vienen de afuera, pero el gozo del Señor es algo que brota de adentro.
Un adorador es la persona que no se conforma con solo entrar a la presencia de Dios un domingo, sino que ha decidido vivir en ella constantemente. El adorador sabe que su cuerpo es templo del Espíritu Santo y por lo tanto, ha decidido honrar esa presencia viviendo su vida sometido al Dios que ama. Cuando tomamos esa decisión, nuestra vida y nuestra actitud cambian, nuestro ser interior es transformado y el fruto que sale de nosotros es un testimonio vivo de dicha transformación “…porque por el fruto se conoce el árbol” Mateo 12:33. Si esto es cierto, entonces en vez de estar buscando el protagonismo en las redes para que el mundo vea lo que hacemos, deberíamos buscar el rostro de Dios para que nos transforme y así el mundo pueda ver lo que SOMOS para Su gloria y no la nuestra.
¿Acaso pretendemos impresionar al Creador del universo con algo que podamos hacer o alguna canción que le podamos cantar? ¿Acaso podremos hacer alguna diferencia por el hecho de que cantemos una “canción de adoración” que le provoque lágrimas a la gente? A Dios no le impresionan los conciertos, las danzas ni las canciones si estas no salen de la expresión de un corazón sincero que lo reconoce por lo que El es. No te confundas. No hay canción que por sí sola nos haga adorar. La adoración se puede expresar de varias formas, incluyendo una canción, pero ninguna canción tiene poder en sí misma para atraer la presencia de Dios. Una canción tampoco provoca cambios en nuestro ser interior. Eso solo lo hace el Espíritu Santo.
Adorar no significa cantarle a Dios canciones que nos gusten o que estén actualizadas a los “trends” de la moda actual cristiana. Una canción no es una herramienta con la cual provocarle cosquillas a Dios en el pecho para que se emocione así como nosotros nos emocionamos. Depender de canciones como esas para adorar lo que hace es sacar a flor de piel emociones que fácilmente se confunden con la ilusión de “sentir” a Dios. Estar buscando esos momentos nos hace desviarnos de Dios y enfocarnos en nuestros propios deseos y sentimientos. Sin darnos cuenta, el enemigo nos engaña con tendencias que nos convierten en gente que adora esas experiencias sensoriales creyendo que están adorando a Dios. El placer de dichas experiencias no solo es vano y pasajero, sino que nos adormece espiritualmente. Es una adoración falsa que no transforma y nos hace adictos al placer de nuestras propias emociones. En el proceso perdemos la capacidad de discernir entre lo que es adoración y lo que es entretenimiento.
Esta práctica termina siendo lo contrario a lo que significa adorar porque en vez de entregarnos a Dios con nuestro sacrificio de alabanza, lo que hacemos es entretenernos con una adoración falsa y egocentrista que gira en torno a nosotros mismos. Todo eso no es más que un acto de auto complacencia religiosa disfrazada de adoración que nos aleja de Dios y nos hace andar como ciegos sin entendimiento. Esto explica el por qué llevamos años haciendo lo mismo sin cambiar cuando sería tan sencillo entregarle nuestro corazón a Dios y dejar que Su Espíritu nos transforme.
“Todo camino del hombre es recto en su propia opinión; Pero Jehová pesa los corazones.” Proverbios 21:2
Adorar es responder a Dios por medio de Jesucristo como Él quiere y no como nosotros queremos o pensamos. Muchas veces eso significa sacrificar aquello que nos gusta. Adorarle es obedecer Su voluntad y desvivirnos por agradarle a Él echando a un lado nuestros deseos y sueños personales con la certeza de que Dios, que sabe todas las cosas y nos ama, suplirá todo lo que falte. Sí, leíste bien: adorar a Dios es ponerlo a Él por encima de nuestros sueños y aspiraciones, de nuestras propias agendas y aún de ese ministerio poderoso que tal vez alguien te profetizó que ibas a tener. Adorar es tomar tus metas, tu ministerio, tu pasión, el éxito al que aspiras, esos logros obtenidos o por obtener y entregarlo todo a los pies de Dios porque antes que todas esas cosas está Él.
Adorar es también morir a todo aquello en nuestra vida que a Dios no le agrada. Conocer a Dios y ser transformado por Él debe ser nuestra prioridad máxima porque sin Él, nada de lo que hagamos tendrá sentido. Dicha transformación se desata cuando reconocemos quién es Él y le adoramos por encima de todo lo demás. No podemos adorar a Dios solo en teoría. Nuestra adoración tiene que ser viva y real. Eso conlleva sacrificio y una toma de decisiones radicales en nuestra vida. También significa romper con muchos paradigmas religiosos que nos han cegado por demasiado tiempo.
Es hora de dejar que el Señor nos liberte de estas cosas y cambie nuestra manera de pensar. Si aprendemos a no solo entrar en Su presencia de vez en cuando, sino vivir en Su presencia día tras día, el fruto de nuestras vidas será muy diferente.
Ahora bien, si la adoración es lo que nos sucede cuando estamos en la presencia de Dios, entonces ¿cuál es la puerta que nos permite entrar a ese lugar? Eso lo discutiremos en el capítulo siguiente.
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Un jaloncito de orejita, a veces es necesario para replantearnos dónde estamos parados y cómo nos estamos moviendo de manera personal como parte de esa iglesia de Dios que somos. Creo que nos hemos automatizado dentro de la iglesia y a veces el ser confrontados puede causar resistencia y mucho alboroto… pero justamente a eso vino Jesucristo, vino a sacudir paradigmas y a transformar todo lo que ya se hacía por traición o costumbre.
Ésta lectura es una sacudidita, que bien se requiere para cuestionarnos a nosotros mismos y buscar más de Dios, porque fuera de él y sin su dirección estamos perdidos.
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