Por: José “Pepe” Ojeda
Una vez fui invitado a una fiesta de cumpleaños que un conocido ministro musical hizo en su casa. Había música, buena comida y un ambiente de amistad en el que todos compartimos y pasamos un buen rato. Durante una de las muchas conversaciones que se dan en este tipo de actividades, me sorprendió escuchar a este ministro de adoración que contaba cómo había compuesto la canción que había sido el mayor éxito de su más reciente producción. Este ministro, mientras revelaba sus momentos íntimos con Dios, decía que fue durante uno de esos momentos que se inspiró para escribir la canción que luego se convirtió en su más reciente éxito musical.
De repente, pausó su relato y tomando su guitarra interpretó para todos el tema del que estaba hablando. La letra de su canción revelaba sentimientos profundos y expresiones íntimas que muestran una gran espiritualidad y le dan al oyente la impresión de que este ministro debe tener una relación muy estrecha con Dios. Tal vez esa sea la razón por la cual tantas personas han respondido positivamente a sus canciones.
Continuando con su historia, este artista relataba cómo Dios lo había prosperado permitiendo que su tema alcanzara estar entre los primeros 10 temas cristianos de mayor circulación en la radio. Mientras hablaba, un nutrido grupo de personas se aglomeraba a su alrededor para escuchar su relato. Todos lo admiraban y se maravillaban de su espiritualidad. Admiraban la unción que poseía, su hermosa voz y su capacidad expresiva. El éxito de sus canciones hizo que muchos grupos de adoración en las iglesias comenzaran a incluirlas en sus devocionales. En poco tiempo estos temas se tocaban en los servicios de muchas congregaciones los domingos. Era como si al cantar esas canciones toda esa gente estuviese tratando de recrear las experiencias que tuvo este ministro cuando las escribió.
Tal vez esto te parezca ser el cuadro ideal para cualquier ministro o cantante de música cristiana. Tal vez pienses que dicho escenario sea la realización del sueño de cualquier adorador o quizás podría ser el tuyo también. ¿A qué ministro musical no le gustaría ver que tanta gente reconozca su labor ministerial? Es una gran satisfacción para un ministro ver esa reacción positiva en la gente que le escucha. Sin embargo, antes de asumir que este sea un escenario exitoso, antes debemos hacernos la pregunta: ¿es el éxito la meta de un adorador? Debemos analizar esto para saber si realmente es esa la forma en que Dios desea ser adorado. ¿Qué es lo que están provocando estas canciones? ¿Qué exactamente es lo que algunos artistas están exaltando y promoviendo en sus carreras? Para contestar estas interrogantes es necesario entonces examinar el fruto para así poder evaluar el árbol que lo produce. (Mateo 7:18-20)
Ministros como estos tienen acceso a una gran cantidad de gente. Sus canciones llegan muy lejos y les abren puertas en lugares alrededor del mundo. Sin embargo, cuando Dios abre puertas como esas en la vida de un adorador, es ahí cuando la integridad de su adoración es probada para saber si en realidad dicho artista es un testigo del Dios que adora o si solo está usando a Dios como plataforma para adelantar su carrera artística. Desde afuera tal vez todo nos parezca bien, pero Dios siempre mira el interior para ver las motivaciones del corazón y a Él no lo podemos engañar.
Todo creyente tiene la responsabilidad de discernir y poner a prueba las cosas que escucha antes de asimilarlas. Muchos cometemos el error de asimilarlas por el hecho de que nos suenen bien o nos provoquen cosquillas emocionales que a menudo se confunden con unción. Pero no estamos llamados a ser fans de personas “ungidas”, sino a buscar todo aquello que nos lleve al conocimiento y sometimiento a Cristo. Debemos tener presente que el hecho de que un artista cante canciones que contengan versículos bíblicos en sus letras no es garantía de que todo está bien y que al cantarlas eso signifique que estemos adorando. La Biblia cuenta que el propio Satanás citó las Escrituras para tentar a Jesús (Lucas 4:9-10). Es obvio que no estoy diciendo que los artistas y ministros cristianos sean emisarios de Satanás, pero Dios nos ha dado el criterio para juzgar correctamente. Él nos dijo que todo árbol se conoce por su fruto. (Mateo 12:33). La carrera exitosa de un artista y sus canciones hermosas nos pueden emocionar y darnos la impresión de que Dios lo respalda, pero al final son los frutos los que demuestran lo que realmente somos. Los frutos nunca mienten.
Un gran amigo y pastor me enseñó una vez que un artista y su música son como camiones que transportan carga o mercancía. Por lo tanto, un camión es tan bueno como lo que lleva dentro. El camión no es lo importante, sino su contenido. Un camión puede llevar un contenido de gran valor o puede llevar basura. Puede llevar bendición o maldición. No hace sentido ser fan del medio de transporte cuando lo que nos toca es evaluar la mercancía que lleva el camión. Así sabremos si la recibimos o si la rechazamos. De igual forma debemos evaluar a los ministros y artistas cristianos por el fruto que producen. ¿En realidad son instrumentos de Dios para guiar a un pueblo hacia una adoración transformadora o lo que hacen es atraer a otros hacia sí mismos?
Estos son algunas de las señales que he observado en la mayoría de la gente durante un concierto cristiano cuando ven a sus artistas favoritos:
1. Emoción y lágrimas, pero sin cambio y si no hay cambio, no hubo adoración.
2. Se enamoran de la gracia del intérprete, de su voz o de su forma de cantar y asocian esto con unción.
3. Su atención y admiración está más enfocada en el intérprete que en Dios.
4. Compran sus discos, libros y videos para aprenderse las canciones y cantarlas en la iglesia.
Todo esto parece inofensivo, pero es contrario a lo que significa adorar a Dios y son frutos que describen al árbol. En la mayoría de los casos el saldo final de un concierto cristiano es que el verdadero centro de atención del evento no fue Dios, sino el artista. No solo eso, sino que los que asistieron a ese evento o “noche de adoración” lo hicieron con la intención de recibir la emoción que le provocan sus canciones favoritas. Lo que aparentaba ser un tiempo de adorar a Dios en espíritu y verdad fue solo un rato de entretenimiento cristiano. El problema es que ya estamos tan acostumbrados a esta modalidad que no nos damos cuenta.
Debo aclarar que no estoy diciendo que los artistas y ministros musicales nos estén engañando deliberadamente ni que tengan agendas diabólicas escondidas. Muchos de ellos desean en sus corazones adorar a Dios, pero han cometido el error de amoldarse a un sistema o modalidad que por años nos ha impuesto una manera falsa de adorar. Este sistema actúa como un régimen que ha ido imponiéndose con un estilo y un formato genérico de adoración a base de figuras artísticas o ministerios que se auto-promueven como ídolos. Esto ya es una norma que controla la forma de adorar de los cristianos a tal grado que ya la Iglesia no conoce ni recuerda otra cosa. El resultado es que tenemos ministros con buenas intenciones, pero faltos de visión, y no hay nada peor para un pueblo que en vez de seguir a Dios, siga a artistas y ministros sin discernimiento. Es hora de que la Iglesia despierte a esta realidad.
Oro a Dios por que llegue el día en que pueda ver ministros que en vez de seguir el camino de la fama, el protagonismo y la auto promoción, sean amadores de Dios lo suficiente como para romper con un sistema que los tiene atados. Es hora de que despierten y descubran que esa modalidad estéril les roba su identidad y el llamado primordial de un músico, que es un llamado profético. Para empezar, tenemos que reconocer de una vez que hacer de la adoración una carrera profesional artística no es posible. No podemos confundir altares con escenarios y esperar que Dios nos respalde. Sin embargo, es imposible entender esto cuando estamos circunscritos a lo que parece ser una moda impuesta a fuerza de ministerios populares que nos venden sus métodos, sus artistas, sus videos y sus canciones. Nos programan a todos con el mismo estilo de adorar y el mismo formato de servicios mientras se enriquecen en el proceso. Esto ha castrado espiritualmente al pueblo de Dios y ha callado a sus profetas con la mordaza de la fama y el entretenimiento. ¿Cómo puedo atreverme a decir estas cosas? No soy yo quien las dice. Son los frutos los que hablan por sí solos.
La manipulación a través de la presión de grupo que ejerce este sistema es a tal grado que hemos llegado a pensar que no hay otra forma correcta de ser Iglesia y que si no es así, la Iglesia no está al día con los tiempos. Eso es una MENTIRA y la evidencia es fácil de ver en el fruto que dicho sistema ha producido hasta ahora. Solo tienes que volver a leer el primer capítulo de este blog para ver tan solo una muestra del nefasto resultado que esas tendencias han dejado en la juventud de hoy. En estas últimas décadas hemos albergado una modalidad religiosa que ha tomado la vanidad, la ha disfrazado de adoración y ya no sabemos discernir la diferencia. Nos enfocamos tanto en el camión que no nos dimos cuenta de que el camión estaba vacío.
A menudo vemos en las redes los lanzamientos de videos musicales de artistas cristianos cantando canciones con palabras emocionantes que quizás le han dicho a Dios en la intimidad, pero dejan fuera el fruto que se supone que esa adoración haya producido. Esto me hace cuestionar si en efecto hubo adoración en esa intimidad o si el artista solo buscaba inspirarse para escribir material para su próxima producción. El asunto es que estas canciones lo que hacen es vender emociones bajo el pretexto de ser temas que adoran a Dios, pero es el artista quien termina siendo el centro de atención. Los artistas cristianos producen material con el fin de promover lo que ellos hacen pero les falta mostrar la evidencia de lo que hace Dios. Lo que haría la diferencia es cuando una canción que se escriba sea un testimonio del cambio que produce dicha intimidad en la vida de un creyente. De esa forma, no habría duda de la integridad de lo que se canta porque la evidencia brillaría por sí misma en la vida del intérprete. Tal testimonio no solo es real, sino que siempre glorifica a Dios por Sus obras y no al artista por su talento o por su supuesta espiritualidad.
Es obvio que todos estamos en un proceso de transformación y sabemos que Dios aún no ha terminado con nosotros. Sin embargo, la mejor muestra de que dicho proceso de transformación existe en un artista es cuando éste interpreta canciones cuyo propósito final es el de proclamar un testimonio real que glorifique a Dios y no el de complacer a un público para llenar la agenda de su carrera artística. No olvidemos que un ministro es como el camión, pero al solo promover el camión, lo que se está promoviendo es un camión vacío. Le falta contenido y para obtener ese buen contenido es preciso acudir al Buen Suplidor. ¿Por qué un adorador dedica tanto tiempo y esfuerzo a promover su obra cuando lo que debería promover es la obra de Aquel a quien supuestamente adora?
El verdadero adorador es aquel cuya vida es un fruto que glorifica a Dios y no le interesa obtener ningún otro beneficio porque su Dios es más que suficiente. Un adorador es el que sabe que el camión es solo el medio para que otros conozcan, no lo bueno que es el camión, sino lo hermoso de su contenido. Un adorador es aquel que pacientemente espera y permite que Dios lo transforme para entonces usar el fruto de esa transformación como un testimonio fiel de Sus maravillas. El que ama a Dios no busca lo suyo ni le interesa ser el centro de atención. (1 Corintios 13:5) Un verdadero adorador no da un paso en su vida que no esté de acuerdo con la voluntad del Dios a quien se ha sometido y no sale a la calle sin antes asegurarse de que su camión esté lleno.
“Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús. Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros…” (2 Corintios 4: 5-7)