Por: José “Pepe” Ojeda
En el capítulo anterior contamos la historia de Claudia. Aunque es ficticia, su historia es similar a las historias reales de muchos ministros cristianos que como ella empezaron bien en su caminar mano a mano con Dios, pero cuando llegaron a una encrucijada en sus vidas y su fe fue probada, se dejaron seducir por el camino de los sueños, el éxito y la fama. Así le sucedió a Claudia, quien decidió realizar sus propios sueños y aspiraciones, pero ignoró la voluntad de Dios para su vida. El talento de Claudia la llevó a cosechar muchos éxitos. Ella logró realizar su sueño y disfrutó a sus anchas del don que Dios le había dado, pero todo eso se agotó en poco tiempo y su talento no hallaba un verdadero propósito. Claudia perseguía un sueño egoísta que solo satisface aspiraciones vanas y pasajeras. Muchas veces, esos sueños se convierten en ídolos que toman el lugar que le corresponde a Dios.
Una vez llegó a la cima, Claudia encontró que allí no había nada. La cima del éxito no fue lo que ella esperaba. Después de tanto esfuerzo, se dio cuenta de que nada de eso tenía sentido y que había perdido años de su vida corriendo detrás de ilusiones vanas. Se sintió sola y su vida se volvió vacía. Ni su fama ni ninguno de los amigos y fans podían suplir su necesidad. Su gozo había desaparecido y su razón de vivir se había perdido. Aquel gran sueño se había convertido en una horrible pesadilla.
“Donde abundan los sueños, también abundan las vanidades y las muchas palabras; más tú, teme a Dios.” (Eclesiastés 5:7)
Al igual que Claudia, muchos ministros musicales a quienes Dios ha dotado con talentos especiales tarde o temprano se encuentran en encrucijadas como esta. Es ahí cuando se ven en la situación de tener que escoger entre el camino de sus sueños e ilusiones personales o el camino de seguir la dirección de Dios para sus vidas. Desafortunadamente muchos optan por tomar el mismo camino que tomó Claudia y con el tiempo el costo de esas malas decisiones los alcanza. Algunos hasta llegan al punto de vivir una doble vida ocultando en secreto su condición para que nadie sepa lo que realmente sucede. Se aferran al éxito de sus carreras convencidos de que ese es su llamado, pero ignoran que el verdadero llamado del Espíritu Santo es a que se arrepientan.
“Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo volveréis mi honra en infamia, amaréis la vanidad y buscaréis la mentira?” (Salmo 4:2)
Tal vez te preguntes: ¿Cuál es el problema con que un adorador quiera convertirse en un artista de fama mundial que levante el nombre de Cristo en cada rincón del planeta? Esa es una pregunta muy legítima, pero para responderla es necesario analizarla bien y verás que en ella se mezclan dos conceptos que son incompatibles entre sí.
El primero es el concepto de lo que es un verdadero adorador: Un adorador es uno que se rinde totalmente a Dios sometiendo toda su vida a El. Un adorador es alguien que vive su vida en la presencia de Dios 24/7 y por lo tanto, vive con el deseo de agradar a Dios en todo lo que hace, dice y piensa. El verdadero adorador desea andar de la mano de Dios sabiendo que todo lo que Dios ofrece sobrepasa por mucho cualquier sueño o aspiración personal. El corazón de un adorador se goza en la paz que produce saber en quién ha confiado.
El otro concepto es el del ministro/artista que desea realizar su sueño de ser reconocido y llegar muy lejos. Es el que se esmera por hacer lo que él piensa que es la voluntad de Dios. Está convencido de que el propósito de Dios para su vida es alcanzar al mundo con su ministerio, pero lo hace sin rendirse y dejar que Dios lo transforme primero. Es el artista que se goza al ver crecer su lista de seguidores en las redes. Le agrada ver como su imagen corre por los medios alcanzando cada vez más popularidad. El éxito de su carrera depende de darle a sus seguidores la música que les gusta. La carrera de dicho artista está sujeta a la opinión de sus fans. Las decisiones que toma se basan en el voto de confianza que le ha dado a sus manejadores y a las estrategias de mercadeo diseñadas para asegurarle el éxito. El artista entonces se convierte en el centro de su carrera. Su ministerio ya no gira en torno a Dios, sino a sí mismo.
Muchos de estos artistas ansían tener un nivel de éxito similar al que tienen los artistas inconversos y pretenden justificarse cantando canciones que adoren a Dios. Pero aunque sean buenas sus intenciones, no han comprendido que cantar una canción no es adorar. Una canción solo sirve como vehículo para comunicar lo que ya hay dentro del corazón de quien la canta. El conflicto comienza cuando el ministro decide alejarse del propósito de Dios para seguir por la senda de sus ambiciones. Esto contradice todo aquello que significa adorar porque el ministro ha decidido poner su propia voluntad por encima de la del Dios a quien supuestamente adora. Como consecuencia, el artista o ministro que antes vivía su vida sometido a Dios ahora vive en rebelión. Su adoración no puede ser legítima, no importa cuán hermosas y bíblicas sean sus canciones. Es una adoración fabricada que se rige por las modas y tendencias comerciales para mantener vigente su popularidad. Dios y Su Palabra terminan siendo reducidos a ser el recurso que el artista utiliza en los mensajes de sus canciones para que su música cualifique como “sacra” y sea admisible en el mercado de las iglesias y plataformas cristianas de hoy.
Desafortunadamente, el concepto de vivir buscando el éxito, la fama y el reconocimiento no es compatible con el de ser un adorador. En fin, es todo lo opuesto. Por lo tanto, Dios no puede respaldar un ministro con esas motivaciones. Esto explica por qué notamos que muchos artistas y ministros cristianos empiezan bien, pero luego algo les sucede que ya la unción no es la misma. Estos artistas y ministerios ven su popularidad y prosperidad como señal del respaldo y la bendición de Dios. En vez de escuchar la voz de Su Espíritu, se dejan llevar por los números que les proveen los reportes de ventas y las redes sociales. Han puesto su confianza y su satisfacción en la opinión de sus seguidores. Eso les da una sensación falsa de que Dios aprueba lo que están haciendo, pero la realidad es que hace tiempo que Dios se quedó atrás en la encrucijada mientras que ellos siguieron por el otro camino sin Él.
Uno de los problemas más serios que la Iglesia enfrenta hoy es que tenemos un concepto distorsionado de lo que es la adoración. El conflicto inherente que existe entre ser un adorador que a la vez es un ídolo ha provocado una profunda confusión en la Iglesia sobre lo que significa adorar a Dios. Esa aberración del “ídolo/adorador” se ha proliferado en la cultura cristiana con el pasar de los años, llegando al punto de que las nuevas generaciones de cristianos ya no conocen otra cosa. La Iglesia ha convertido la adoración en una idolatría disfrazada que se ha hecho parte de la idiosincracia cristiana contemporánea. Es una cultura de adoración falsa y de fabricaciones o imitaciones que no transforman, sino que confunden a la Iglesia al punto de que se ha perdido la capacidad para discernir entre una cosa y la otra.
Debo señalar que los artistas no son los únicos que se enfrentan a una senda dividida. Muchos líderes y pastores han escogido un rumbo similar buscando lo mismo que buscaba Claudia. Si escogen ese camino, sin duda lograrán el éxito material, pero a costa de una bancarrota espiritual.
“Ay de los que traen la iniquidad con cuerdas de vanidad y el pecado como con coyundas de carretas!” (Isaías 5:18)
La senda dividida es una prueba muy similar a la que Dios puso frente a Abraham cuando le pidió que le sacrificara a su hijo Isaac. (Génesis 22) Abraham también tuvo que enfrentar su encrucijada. Su dilema fue mucho más difícil. Él tuvo que escoger entre entregar a su propio hijo a la muerte confiando plenamente en Dios o darle la espalda a Dios para conservar a su hijo. La decisión que tenemos que tomar cuando Dios nos divide el camino tampoco es una decisión fácil porque nos confronta con la realidad de lo que hay en nuestro corazón.
¿Entonces, qué haremos nosotros cuando nuestro camino se divida? ¿Qué hacer cuando diciendo y cantando que somos adoradores tengamos que probarle a Dios y probarnos a nosotros mismos cuán real es esa adoración? ¿Estarías dispuesto a sacrificar tu sueño entregando esa carrera ministerial que tantos hermanos te “profetizaron” que ibas a tener? ¿Degollarías la prosperidad y el éxito de tu ministerio por Jesucristo?
Si eres un ministro debes hacerte esta pregunta: ¿Hasta dónde llega tu confianza en Dios? Tal vez te hayas dedicado de lleno a tu ministerio y dependas de las ganacias del mismo para sobrevivir. ¿Cómo llegaste a esa decisión? ¿Fue Dios quien te llamó para ser ministro a tiempo completo o lo decidiste tú por cuenta propia? Si el llamado fue de Dios y le obedeces estoy seguro de que Él cubrirá todas tus necesidades. Pero si por seguir motivaciones vanas has comprometido la integridad de tu relación con Dios y tu carrera ministerial está en conflicto con tu adoración, tengo noticias para tí. Ahora mismo mientras lees esto estás nuevamente parado de frente a la encrucijada y Dios te está dando otra oportunidad para detenerte y escoger el camino correcto. ¿Decidirás bien esta vez?
En el próximo capítulo veremos una historia que nos confronta con las motivaciones que hay en nuestro corazón cuando las mismas están en conflicto con el corazón de Dios.
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