Capítulo 9: Cuando el camino se divide (parte 1)

Por: José “Pepe” Ojeda

Claudia (nombre ficticio) es una chica muy talentosa que desde los 16 años tocaba muy bien su guitarra y cantaba con una voz angelical. Ella amaba a Dios y lo adoraba. Con su talento y sus habilidades extraordinarias, Claudia dirigía la adoración en la iglesia local del pueblo humilde en el que se crió. Los hermanos de la iglesia le tenían mucho cariño. Claudia era de gran bendición a su congregación. Dios la respaldaba porque se agradaba de su adoración sincera. Cuando Claudia cantaba y tocaba, algo especial sucedía. Su forma de adorar a Dios contagiaba al resto de la congregación y la presencia de Dios era poderosa en aquel lugar.

Con el tiempo, Claudia fue creciendo musicalmente. Muchas personas se le acercaban y le decían que con ese talento ella debería estar viajando el mundo entero con sus canciones en vez de quedarse encerrada en aquella pequeña iglesia.  Muchos le preguntaban: ¿Qué haces aquí?  ¿Cuándo vas a salir de estas cuatro paredes?  ¡Tu tienes un llamado a las naciones!  Tantos fueron los comentarios y las expectativas de todos, que Claudia, convencida de que ese era su llamado, ansiaba tener la oportunidad de poder grabar un disco y así dar inicio a su carrera musical como “ministro de adoración”; pero no tenía los recursos económicos para hacer ese sueño realidad.  

Un día, un empresario muy exitoso que asistía a la iglesia se acercó a Claudia con un cheque y le dijo:  -“Claudia, esto es para ti para que hagas tu sueño realidad” y le regaló el dinero suficiente para ella realizar su primera producción.  Claudia, emocionada, corrió a buscar un productor y un estudio de grabación para grabar cuanto antes.  Unos meses más tarde, Claudia estrenó su primera producción en un concierto que llevó a cabo en su iglesia. Todos en la congregación aplaudían orgullosos. El pastor, queriendo ayudarla, aprovechó algunas conexiones que tenía e invitó a varios periodistas y personas de influencia en los medios para ver el concierto. Los periodistas quedaron impresionados y querían entrevistarla. Al terminar la actividad, todo el mundo corrió a la mesa de ventas y Claudia vendió muchas copias de su disco esa noche.

Al poco tiempo Claudia realizó su primera gira por varias iglesias locales muy conocidas. Las ofertas de compañías disqueras locales no se hicieron esperar y los contratos eran múltiples. El éxito estaba asegurado. Claudia se convirtió en la artista más solicitada en los eventos cristianos más importantes de su país. Grabó su segundo, su tercero y hasta su cuarto disco. Todos fueron éxitos. Entonces la oportunidad que cambiaría por completo su vida se hizo realidad. Claudia recibió la oferta de sus sueños y firmó contrato con una distribuidora multinacional para así convertirse en artista de fama mundial. Claudia comenzó a viajar el mundo entero dando giras de conciertos con sus canciones. Varias compañías productoras muy prestigiosas filmaron videos de sus conciertos en vivo. Las letras de sus canciones se traducían en varios idiomas y los grupos de adoración en miles de iglesias cantaban sus canciones en servicios por todo el mundo.

Los premios comenzaron a llegar. Las entrevistas no cesaban. Las sesiones de fotos y reuniones de promoción eran constantes. ¡Era un sueño realizado! Todos la querían y la admiraban. Sus conciertos llenaban las salas a capacidad todas las noches. No cabía duda de que el talento y la voz de Claudia eran la admiración de todos.  Por varios años, Claudia voló muy alto en su carrera cosechando éxito tras éxito.  Ella escribía más y más canciones para satisfacer la demanda de su público.  Claudia se debía a sus fans y los complacía según las recomendaciones de su manejador, a quien la distribuidora contrató por ser un reconocido experto en mercadeo artístico.  La estrategia del manejador funcionó y en poco tiempo Claudia se había convertido en un ídolo mundial de la música cristiana.

Sin embargo, muy dentro de ella algo extraño comenzó a ocurrir. La llama del Espíritu que antes ardía en su corazón había comenzado a apagarse. Con tanta fama y tanta adulación a su alrededor, Claudia no se daba cuenta de que su relación con Dios ya no era la misma. Ignoraba que lo que estaba haciendo realmente no era el plan de Dios para su vida. Claudia pudo haber percibido esa voz interior del Espíritu Santo que nos guía y nos advierte, pero la vida acelerada, las influencias de la gente a su alrededor y el ruido de la fama ahogaron esa voz interior.

Según pasaba el tiempo, el corazón de Claudia estaba cada vez más seco. Ella lo disimulaba todo muy bien con su talento y sus habilidades, pero por dentro estaba como muerta. Trató de buscar ayuda, pero al haberse convertido en una figura pública con un ministerio intachable, no encontró a nadie con quién sentirse en la confianza suficiente como para abrir su corazón. Ella tenía temor de que la realidad de su situación saliera a la luz pública y se manchara su imagen, decepcionando a sus miles de fans. 

Claudia hacía todo lo posible por ocultar su condición. Ella esperaba que todo esto fuese algo pasajero, pero la situación era peor con cada día que pasaba. El tiempo seguía pasando y Claudia ministraba de forma automática como un robot, pero nadie se daba cuenta de lo que le sucedía porque ya ella había aprendido a ocultar su realidad y mostrar una fachada perfecta ante todos. Estaba harta de sus propias canciones y cansada de tener que darse a todos sin tener tiempo para estar tranquila. Al no tener la paz y la fortaleza que una vez tuvo en Cristo, comenzó a buscar otras formas para despejarse. Eso no es difícil de encontrar cuando se tiene éxito y el dinero sobra.

Ese fue el punto en que Claudia comenzó un peligroso recorrido por el camino de su autodestrucción.  Sintiéndose sola y vulnerable, tuvo un romance secreto con uno de los miembros de su banda y quedó embarazada.  Ante la posibilidad de un escándalo y ante la presión de su manejador por proteger a toda costa su imagen ante el público, Claudia dedidió hacerse un aborto. Atormentada por el remordimiento, Claudia sufría de insomnio y empezó a tomar pastillas para poder dormir.

Tener que vivir día tras día encubriendo los hechos mientras mostraba una fachada de santidad en su ministerio se convirtió en una agonía insostenible para Claudia, quien una noche tomó demasiadas pastillas para dormir en un intento de suicidio. Milagrosamente, Claudia sobrevivió, pero la noticia corrió por todos los medios y su carrera sufrió un golpe muy severo.  El evento destapó aquellas otras cosas que hasta entonces habían permanecido ocultas y todo salió a la luz. Esto manchó su imagen pública con el escándalo y llevó su ministerio a la ruina. En un abrir y cerrar de ojos, Claudia cayó de la cima al valle. Sus fans la abandonaron. Su manejador renunció y las ventas de sus discos se paralizaron.

¿Qué le sucedió a Claudia? ¿Cómo fue posible una caída semejante?

Claudia experimentó lo que a muchos ministerios como el suyo les sucede en algún momento de sus vidas. Es el momento en que el camino por donde van se divide en dos y entonces es necesario escoger uno de los caminos:

El primer camino es el camino del éxito en su carrera. Es ancho, bien pavimentado y lleno de atractivos.  Es el camino que la mayoría de la gente nos aconseja que debemos tomar, pero el destino al que nos lleva no se ve hasta que ya es demasiado tarde.  

El otro camino es el de la voluntad de Dios. Es estrecho, escabroso y mucho menos atractivo, pero es el que Dios ha elegido para ti. Su destino es la victoria en Cristo y siempre apunta en dirección contraria al anterior.  

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué ambos caminos no pueden conducirnos al mismo lugar? ¿Por qué tienen que ser contrarios? La razón es porque Dios mismo es quien provoca estas encrucijadas en nuestras vidas para probar nuestro corazón y ponernos en la posición de decidir a quién realmente queremos servir. ¿Queremos tomar el camino que nos lleva al éxito temporero o el camino nos lleva a la victoria eterna? ¿Queremos seguir por el camino de nuestra propia opinión o el camino que Dios nos indica? Siempre tenemos la libertad de escoger cuál camino tomar, pero no olvidemos que cada decisión que tomamos tiene sus recompensas o consecuencias. Claudia eligió el camino que la llevó a cumplir sus sueños personales, pero ignoró la voluntad de Dios para ella. ¿Por qué Dios no le concedió sus sueños? Tal vez sea porque Dios ya sabía que tomar ese camino de fama y éxito eventualmente llevaría a Claudia a su destrucción.

En sus comienzos, Claudia viajaba en el auto de la vida con Dios a su lado, pero en un momento de su vida la senda se dividió en dos y Claudia decidió seguir la senda del éxito, cegada por sus sueños y guiada por las recomendaciones de sus amigos. Entonces Dios, respetando la decisión de Claudia, se bajó del auto de su vida y Claudia alcanzó a cumplir sus sueños, pero lo hizo sin Dios. Casos como el de Claudia nos deben hacer cuestionar ¿donde está la adoración en todo esto? ¿Como es posible que una persona decida ignorar al Dios que adora para entonces hacer una carrera como ministro de adoración?

El concepto de un adorador que se convierte en una superestrella es una profunda contradicción.  No es posible ser un adorador del Dios Altísimo y a la vez ser un ídolo de multitudes.  Tampoco se puede adorar a Dios y a la vez darle la espalda en las decisiones más trascendentales de nuestra vida.   

“Ninguno puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro, o estimará a uno y menospreciará al otro. No podemos servir a Dios y a las riquezas.” (Mateo 6:24)

Tarde o temprano, todo artista o ministro cristiano se topa con con una encrucijada similar a la de Claudia. En algún momento en sus vidas tendrán que decidir cuál camino escoger.  Muchos no tomarán la decisión correcta. En la cultura cristiana que vive la Iglesia hoy, los adoradores se han convertido en ídolos a quienes los cristianos siguen de la misma forma que la gente del mundo sigue a sus artistas.  Salvo por unas pocas excepciones, estos ministros enfrentan a mayor o menor grado que Claudia las consecuencias de sus malas decisiones. 

Muchos viven ocutando la doble vida que surge como resultado de ignorar el conflicto de una carrera ministerial que está en total contraste con lo que constituye adorar a Dios. Otros se entregan a su éxito y se envanecen, olvidándose de Dios, aunque quizás todavía lo mencionen en sus canciones. Su adoración se vuelve fabricada porque su carrera artística es de naturaleza incompatible con lo que es la verdadera adoración. Sin embargo, ese es el patrón que vemos día tras día en muchos ministerios cristianos.

No estoy diciendo que los únicos culpables de esta problemática sean los ministros de carrera que se han vuelto “adoradores profesionales”. En realidad todos somos responsables porque nosotros mismos nos convertimos en fans de estos artistas consumiendo todo lo que producen sin discernir bien las cosas. Seguimos las tendencias, pero en el proceso le damos la espalda a Dios mientras aún creemos que lo estamos adorando. Todo esto nos debe hacer pensar: ¿Qué entonces es lo que la Iglesia ha estado haciendo durante los pasados 30 años? ¿Correr detrás de ídolos que a la vez creen ser adoradores? Eso no funciona porque Dios no es compatible con ese concepto.

Entonces, si Dios no está en el asunto ¿por qué hemos seguido en esta tendencia por tantos años? ¿No será esto una explicación a la problemática que existe en las nuevas generaciones de jóvenes cristianos? ¿No será esta una respuesta a la interrogante de por qué tantos jóvenes cristianos cuando llegan a ser adultos no perseveran en la fe? Tal vez esta también sea una de las causas por la cual tantos líderes y pastores han comprometido su integridad y se han desviado de la Palabra de Dios. Es evidente que hemos caído en un sistema de adoración falsa que no transforma.

No es malo soñar, pero muchos cristianos viven su vida persiguiendo sueños vanos. Muchos ven la iglesia a la que asisten como una plataforma para lograr sus aspiraciones y deseos personales. Es imposible adorar cuando en el fondo pensamos que Dios solo está ahí para conceder nuestros deseos de éxito y prosperidad o para que nos ayude a tener algún ministerio importante. Muchos cristianos sirven en sus congregaciones, pero sus motivaciones no son las correctas porque Dios, en vez de ser el objetivo, es solo el medio para ellos conseguir lo que desean. Es cierto que Dios bendice a quien le busca, pero ¿a quién buscamos realmente, a Dios o a Sus bendiciones?

Si esto es así, entonces todo parece indicar que la Iglesia como institución padece del mismo síndrome que padeció Claudia. En algún momento tomamos la senda equivocada y seguimos nuestro propio camino persiguiendo sueños y fantasías. ¿No te parece que si continuamos así tendremos que afrontar consecuencias similares a las de Claudia? ¿No sería lógico pensar que si la Iglesia continúa adorando ídolos, eventualmente terminará en el escándalo y la ruina?

Si todo esto te hace sentido, entonces tenemos que admitir que hemos estado adormecidos con la anestesia de la vanidad y el entretenimiento por demasiado tiempo.  Es hora de despertar y reaccionar al llamado que Dios nos hace hoy. Es tiempo de reconocer que necesitamos con urgencia encontrar ese camino correcto y volver a la adoración verdadera. Necesitamos un cambio radical en nuestros corazones para que los escenarios del protagonismo cristiano vuelvan a ser los altares que fueron en un principio. 

En el próximo capítulo examinaremos más a fondo la problemática que enfrentan los ministros de adoración, líderes y pastores cuando su camino se divide. Recuerda suscribirte a este blog para que recibas los próximos capítulos. No dudes en comentar o hacer preguntas. ¡Comparte este mensaje!

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