Por: José “Pepe” Ojeda
¿Recuerdas haber asistido a algún congreso o taller de adoración? Allí aprendimos que la expresión que más se asocia con adorar es la acción de postrarse. ¿Te has detenido alguna vez a pensar lo que eso realmente significa? ¿Qué es lo que provoca que te rindas postrado ante Dios si Su presencia se manifestara en ti? ¿Será que es Dios mismo quien te derriba al suelo, o será que tú mismo caes rendido al percibir una manifestación tan sublime y gloriosa?
La presencia manifiesta de Dios es tan reveladora que nos hace comprender que en realidad no existe nadie más que sea digno de recibir una adoración semejante. Postrarse es la expresión de una verdad profunda. Es la acción que demuestra que en ese momento todo lo que importa es Dios y a Él le entregamos toda nuestra vida. Eso incluye nuestros planes y deseos, nuestros sueños, nuestras dolencias, nuestras fallas y sobre todo, nuestra voluntad. Tal vez esto te parezca sacrificar demasiado, pero puedes estar seguro de que todo lo que se rinde a los pies de Dios nunca es pérdida. Postrarse es someterse sin reservas a Dios porque en Él confiamos totalmente. En Dios nada falta; todo sobreabunda. En Él hay paz y no hay nada por qué temer.
En aquellos congresos tal vez también escuchaste frases como: “la adoración es un estilo de vida”. Vivir de esa forma podría describirse como “vivir postrado”. Es obvio que no me refiero a andar por la vida de bruces mirando al suelo. Más bien, es vivir nuestra vida sometidos a quien mejor sabe cómo debemos vivirla. Es tener una pasión por obedecer a aquel a quien amamos.
Vivir postrado es vivir día a día con la misma actitud de entrega y sometimiento a Dios que nos embarga cuando estamos ante Su presencia porque hemos decidido vivir en ella. En el proceso, podemos dar por seguro que cometeremos errores y fallaremos. No somos perfectos, pero es ahí cuando por fe podemos dar gracias a nuestro Señor Jesucristo por ya haber pagado el alto precio de nuestras faltas y pecados en la cruz.
“Más Él, herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados. El castigo de nuestra paz fue sobre él, y por sus llagas fuimos nosotros curados..” Isaías 53:5
Estar agradecidos a Dios por lo que hizo por nosotros nos inspira a alabarle y exaltarle dándole gloria y gracias por Su amor. Dicen que una de las mejores formas de demostrar amor es valorando a la persona que se ama. Pues Jesús, siendo un Dios Santo, perfecto, todopoderoso y soberano, estuvo dispuesto a soportar la traición, la burla, la humillación, la tortura y la muerte de cruz por nosotros. Por Su amor, Él nos validó al máximo con Su sacrificio. Es maravilloso descubrir lo mucho que valemos para Él. No existe otra mejor forma de validación que se pueda alcanzar. Nada de lo que podamos lograr en este mundo apenas se acerca a la validación que la gracia y el amor de Dios nos regalan. Todo se lo debemos a Él, y solo Él es digno de ser adorado. La manera de nosotros corresponder a Su amor es mediante nuestra adoración y entrega. Adorarle es amarle y amarle es obedecerle.
Vivir postrado o llevar una vida de adoración no significa pasar el día escuchando canciones cristianas en el auto o en la oficina. Tampoco es llegar al templo el domingo para cantar nuestras canciones favoritas. Podemos cantar, danzar y tocar música con excelencia para Dios, pero si no cultivamos una relación con Él todo eso será inútil. Sin esa relación no podemos saber cómo Dios desea que le adoremos. ¿Cómo amar a un Dios que no se conoce? ¿Cómo saber si lo estamos haciendo bien si no sabemos lo que Dios quiere? ¿Cómo saber lo que Dios quiere si no le buscamos ni escuchamos Su voz?
En 1 Corintios 13, Pablo nos habla sobre el amor. Una de las cosas que Pablo nos dice es que “El amor no busca lo suyo…” Sin embargo, la tendencia de la Iglesia de hoy se inclina hacia una adoración egoísta. Nos entretenemos en la iglesia cantando las canciones que nos gustan. Son canciones con mensajes que se centran en nuestros propios deseos y sentimientos. Nos la pasamos cantándole canciones “yoístas” a Dios que irónicamente hablan de lo que está en nuestro corazón, pero es evidente que lo que hay ahí dentro dista mucho de lo que significa adorar a Dios y por lo tanto, Dios no recibe esa ofrenda. Una vez más, hacemos muchas cosas, pero no cambiamos.
Muchos ministros de adoración escogen sus canciones y trazan el curso de sus ministerios dejándose llevar por las reacciones de la gente para así darles lo que les gusta o “les ministra”, pero han perdido la capacidad de discernir el corazón de Dios. Se entregan a su público, pero no viven sometidos al Dios que dicen que adoran, pues si lo hicieran, seguramente sus carreras ministeriales tomarían rumbos muy diferentes. Ante esta realidad, muchos prefieren evadir cualquier situación en la que se les confronte, pero confrontar es la especialidad del Espíritu Santo. Algunos tal vez puedan percibir Su voz, pero es más fácil hacerse de oídos sordos y seguir “ministrando” en eventos más lucrativos que terminan siendo solo actos de protagonismo. Entonces, a Dios no le queda más remedio que alejarse y mirarlos a la distancia.
“Porque Jehová es excelso y atiende al humilde, mas al altivo mira de lejos..” Salmo 138:6
Dios respeta nuestra decisión y se mantiene lejos mientras nosotros disfrutamos de nuestros “adoradores” favoritos en nuestros cómodos templos. La consecuencia es que terminamos moviéndonos sin la dirección Suya, actuando según nuestra propia opinión. Por falta de visión, no vemos los efectos nefastos que eso provoca en la generación que nos sigue. Al no ver en función el fruto y el testimonio de creyentes transformados, las nuevas generaciones de jóvenes no tienen un modelo a seguir. No se sienten convencidos y optan por abandonar la fe y entregarse a sus placeres. Entonces, nos alarman los males de “esta nueva generación” cuando en fin, los jóvenes solo repiten lo que vieron y aprendieron de los adultos en la iglesia.
Sé que es fuerte lo que estoy diciendo. No es mi intención criticar ni denigrar la Iglesia. Después de todo, yo también soy parte de ella, pero ya no es posible callar más. Es necesario levantar una voz profética que nos despierte. Hace falta levantar una voz resonante con un llamado al arrepentimiento. Debemos con urgencia volver a los pies de Cristo. Hay que arrepentirse, humillarse ante Dios y buscarle de corazón. Hay que ser valientes y hacer las preguntas correctas para así recibir las respuestas correctas. Hagámoslo mientras aún hay tiempo. ¡Es hora de vivir postrados!
En el próximo capítulo miraremos de cerca otra pieza de evidencia que demuestra el estado de la Iglesia en este tiempo. Son realidades duras de aceptar, pero necesarias, ya que para poder solucionar un problema, antes es necesario reconocer que el mismo existe.
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Nuevamente un mensaje que debe tocar a quien lo lee, a pensar en realizar verdadero acto un acto que sea honesto. Y no dejarse llevar por las apariencias.
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