Capítulo 5: Hay que romperse

Por: José “Pepe” Ojeda

En los dos capítulos anteriores definimos de una manera sencilla lo que son la adoración y la alabanza. También nos ubicamos en la situación de imaginarnos a nosotros mismos reaccionando a lo que fuese una manifestación real de la presencia de Dios, y lo absurdo que sería intentar en ese momento hacer las modalidades que hoy tantos cristianos confunden con “adoración”. No es hasta que vivimos la experiencia de estar en la presencia del Dios todopoderoso que llegamos a la cruda, pero libertadora conclusión de que en ese momento no hay palabras que decir ni canciones que podamos cantar porque no es posible hacer nada más, solo rendirse.

Adorar es la reacción de aquel que comprende ante Quién se encuentra. Adorar es soltar todos los afanes, sueños, agendas, angustias y dolores y derramarse ante Dios por lo que Él es. Nada más importa porque en ese momento sabemos que estamos ante Aquel que lo es todo. No es posible adorar a Dios sin tener un concepto real de quién es Él. Al cantar puede que nos emocionemos, levantemos las manos y hasta lloremos, pero si no se produce un proceso de cambio que es el fruto de una vida rendida a Dios, entonces no hubo adoración.

La Biblia habla de cantar salmos y levantar las manos. Sin embargo, hay mucha gente en las iglesias que hacen esto siguiendo conductas aprendidas, pero en realidad no conocen al Dios que pretenden adorar. Tienen un concepto reducido de Dios porque los formatos y las tendencias populares que hoy invaden los altares les han vendido una fórmula genérica de adoración falsa y estéril. Dichas tendencias populares no son los únicos factores a considerar. Existen otras conductas aprendidas que también contribuyen a desviarnos del verdadero propósito de Dios.

Una de ellas es el afán por hacer. Por años, la cultura religiosa nos ha inculcado un afán por “hacer” cosas grandes para Dios, como si de esa forma fuésemos a acumular más puntos o galardones en el cielo. Actuamos así aunque sabemos que Su Palabra dice que no es por obras, sino por fe que llegaremos a ver a Dios cara a cara y alcanzar la vida eterna. Sabemos estas cosas en teoría, pero no las vivimos porque nos dejamos arrastrar por las costumbres y las influencias religiosas a las que estamos acostumbrados.

Vivimos afanados por hacer tantas cosas, sin embargo debemos comprender que el propósito primordial de nuestra vida no es hacer la obra de Dios, sino conocerle por medio de Cristo y amarle sobre todas las cosas. Ese es el Primer Mandamiento. Conocer a Dios y tener una relación con Él es lo que produce cambios en nosotros, ya que es imposible acercarse a la presencia de Dios y seguir siendo igual. Dicho proceso de transformación implica ser quebrantados y rotos para luego ser moldeados según la voluntad de nuestro Creador. Entonces, si realmente amamos a Dios, la mejor forma de demostrarlo es dejándonos romper por Él.

Esta decisión es motivada por la fe porque la misma conlleva confiar en Dios al punto de poner nuestras vidas en Sus manos. Sin embargo, muchos prefieren evadir este proceso intentando compensar la falla haciendo muchas cosas “para Dios”. Muchos se involucran en múltiples actividades y ministerios que los hacen sentir bien y les dan una sensación de logro y éxito, pero aunque tal vez hagan buenas obras, a veces las mismas vienen siendo la excusa de un corazón que aún no se ha rendido a Dios porque no ha aprendido a confiar en Él.

Muchas iglesias coordinan toda clase de programas, eventos y actividades, dando lugar a una diversidad de ministerios para mantener ocupados a sus miembros en el “afán de hacer”. Sus itinerarios están llenos todos los días de la semana. Tienen ensayos de ministerios de artes, música, drama, danza y reuniones del “ministerio de esto” y del “ministerio de aquello”. Todo esto es en adición a las otras responsabilidades cotidianas que todos tenemos en nuestros hogares y trabajos. Es muy difícil sacar tiempo para buscar el rostro de Dios y tener una relación con Él cuando los afanes y compromisos de la iglesia nos ocupan nuestro tiempo libre. (Lucas 10:40-42)

Por supuesto, siempre podemos optar por no involucrarnos en tantos compromisos, pero todos sabemos que la presión de grupo en muchas congregaciones es muy fuerte. La cultura religiosa de muchas iglesias espera que cada miembro de la congregación esté activo y participe en uno o más de esos ministerios para sentirse que está “sirviendo” en algo para Dios y si no lo hace puede llegar a sentirse aislado. A veces hasta puede sentirse rechazado por los demás por no involucrarse o no llenar las expectativas del grupo.

Reconozco que parte de la vida cristiana consiste en servir, pero el servicio debe ser un fruto de la obra transformadora de Dios en nosotros, y no algo que hacemos por seguir modalidades o por estar tras alguna satisfacción personal. Es necesario ser primero adoradores transformados y luego ser obreros, pero a menudo se invierte este proceso. En muchas congregaciones hay un dicho que se ha vuelto muy popular: “el que no sirve, no sirve”. La presión de grupo que está implícita en esa frase es evidente, pero la misma es falsa porque implica que valemos por lo que hacemos y no por lo que somos. Sin embargo, Dios no nos valora por lo mucho que hacemos ni por lo bien que sirvamos en nuestras congregaciones. Dios nos valora porque nos ama y porque somos hechura Suya, creados a Su imagen y semejanza. La mayor muestra de Su amor y del valor que tenemos para Él está en la cruz, un regalo de salvación que nos ha sido dado por gracia.

Muchos cedemos a estas presiones religiosas porque en el fondo todos tenemos una necesidad básica de sentir que somos parte de una comunidad de hermanos en la fe. Esa necesidad es real y es una de las razones principales que llevan a un cristiano a congregarse. Sin embargo, aunque muchos sufrimos los efectos negativos de tanto afán, no nos acabamos de dar cuenta de que involucrarnos en mil actividades en la iglesia no necesariamente satisface esa necesidad. Existen muchos casos de personas que han sufrido un “burn-out” o de alguna manera u otra han sufrido las consecuencias de dedicarle tanto tiempo a un ministerio en su congregación. En muchos casos, la situación ha llegado a causar problemas en el hogar o en una relación matrimonial. Muchos tratan de explicar el asunto diciendo que en estos casos se debió mantener un balance entre la familia y la Iglesia. Eso puede ser cierto; pero no es fácil lograrlo cuando sientes que estás en contra de la corriente de una comunidad religiosa obsesionada por “hacer y hacer”. La iglesia debe ser un lugar donde encontrar refrigerio, paz y comida espiritual, no para recibir más presiones.

Dicho esto, no dejo de elogiar el servicio a la comunidad, la labor misionera, la obra humanitaria que ofrece la iglesia y otras cosas que son una parte fundamental de su existencia. Más bien, me refiero al hecho de que muchos cristianos le dedican tanto tiempo a cosas vanas que olvidan lo que realmente es importante. Lo cierto es que muchos invertimos tantas energías en llevar a cabo programas y actividades que terminan robándonos el tiempo que le podríamos dedicar a fortalecer nuestra relación con Dios y de manera más efectiva compartir y conocernos mejor. Así podemos crear lazos de amor entre hermanos para exhortarnos, alentarnos y orar los unos por los otros. De esa forma alcanzamos unidad de Espíritu y muchas otras cosas que son las que realmente nos edifican como cuerpo.

“Lo importante del cristianismo no es el trabajo que hacemos para Dios, sino la relación que mantenemos con Él y la atmósfera que dicha relación produce. – Oswald Chambers

¿No has notado como en muchas congregaciones grandes las personas se ven regularmente, pero apenas se conocen? La gente llega al templo, cantan las canciones, escuchan el mensaje y luego se van. En muchos casos, ir a la iglesia se ha reducido a ser un mero evento social entre gente que se esfuerza por mostrar fachadas y apariencias mientras buscan realizar sueños vanos o competir por obtener posiciones ministeriales. No es posible alcanzar unidad así. En esas condiciones, tampoco es posible disfrutar del beneficio que produce adorar a Dios corporativamente en un mismo espíritu. Todo esto nos dificulta ser transformados por la proximidad a Dios que la adoración genuina nos permite experimentar como cuerpo. Como consecuencia, es mucho lo que hacemos, pero poco lo que somos.

La realidad es que Dios está muchísimo más interesado en lo que podamos ser que en lo que podamos hacer, porque a fin de cuentas, todo lo que hagamos será siempre un producto de lo que somos. Entonces, para poder producir el fruto que Dios quiere que demos, tenemos que cambiar para alcanzar a ser lo que Dios quiere que seamos. Lo que Dios desea es transformarte para que te conviertas en un testigo real de lo que Él ha hecho en ti y así toda tu vida lo glorifique.

A Dios no le interesa tener reclutas que atraigan más gente para llenar nuestros templos o para que nuestra congregación luzca entre las más numerosas y populares en las redes sociales. Tampoco podemos pretender impresionarle organizando eventos y conciertos o formando ministerios de cuanta cosa se nos ocurra. Debemos comprender que Dios no nos necesita. Él ha sido siempre, aún desde mucho antes de que nosotros existiésemos. Dios creó el universo sin nuestra ayuda. Él puede someter el universo entero a Sus pies con solo una palabra. Por lo tanto, si nos hemos creído que Dios nos necesita para llevar a cabo la Gran Comisión, estamos fuera de la realidad.

Lo que Dios sí desea es producir en nosotros el mismo amor que Él tiene por las almas por las cuales dio su vida (Filipenses 2:4-8) y moldear nuestro carácter conforme al de Cristo. Sin embargo, es lamentablemente más fácil afanarse con la obra de Dios que rendirse y dejarse moldear por el Dios de la obra. Para ser moldeados al carácter de Cristo es necesario dejar que Él rompa en nosotros muchas cosas que necesitan ser quebrantadas.

Muchas veces eso duele y no nos gusta ser confrontados. Sin embargo, la impotencia que produce ese quebranto es la que nos lleva a rendir todo lo que somos y al fin comprender quién es Dios. De esa forma podemos adorarle en espíritu y en verdad y ser verdaderamente transformados. Dios hace esto con nosotros, no porque nos necesite reclutar para Su obra, sino porque nos ama. Por lo tanto, es necesario dejarnos romper por Él para que seamos moldeados según Su voluntad, agradable y perfecta. Al final, el costo de dicho proceso siempre termina siendo ganancia para todo aquel que en Él confía.

¿Estaremos dispuestos a dejar que Dios nos forme hasta ser quienes Él quiere que seamos, o solo lo utilizamos para que nos ayude a cumplir nuestros sueños y deseos personales? ¿Realmente queremos ser como barro en manos del Alfarero, o es eso solo una bonita metáfora que cantamos?  

¿No podré hacer con ustedes como este alfarero, oh casa de Israel? -Dice Jehová. He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así son ustedes en mi mano…” (Jeremías 18:6)

Adorar es rendir a Dios todo lo que somos y entregarle nuestra vida realmente. No se trata de decírselo en canciones. Eso incluye el estar dispuestos a hacer Su voluntad aunque la misma no esté de acuerdo con la nuestra. Es en ese momento que demostramos quién realmente es el que reina en nuestras vidas. No podemos seguir cantándole a Dios “yo me rindo a Ti”, “toma mi corazón” o “rompe mi vida y házla de nuevo…” y quedarnos en la emoción de cantar esas palabras hermosas, pero sin que las mismas tengan sustancia.

Cantar una canción, por hermosa que sea, no nos garantiza que vayamos a experimentar la presencia de Dios, como tal vez piensan muchos. Una canción es un vehículo para expresar abiertamente aquello que ya debe ser una realidad dentro de nosotros. De otro modo, es solo una fabricación. Entonces ¿qué encontrará Dios cuando escudriñe nuestros corazones? ¿Encontrará corazones dispuestos a reconocerle de tal modo que se entreguen por completo, o encontrará un pueblo que se entretiene a sí mismo en sus propias fabricaciones?

“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.” (Lucas 13:25-27)

En el próximo capítulo discutiremos la maravilla de vivir en la presencia de Dios y los frutos que dicha vida produce en un creyente. Suscríbete a este blog para que periódicamente recibas los nuevos capítulos. Puedes también dejar tus comentarios o hacer preguntas. Si has sido bendecido por este mensaje, compártelo con tus contactos.

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