Por: José “Pepe” Ojeda
Todos tenemos nuestras luchas. No es fácil para un cristiano vivir una vida de santidad cuando el mundo que nos rodea está repleto de tentaciones. Vivimos en un mundo imperfecto lleno de ataques, conflictos y sufrimientos. Jesucristo ya derrotó a Satanás en la cruz triunfando sobre el pecado y venciendo la muerte (Colosenses 2:13-15). La vida eterna está garantizada para todo aquel que en Él crea. Sin embargo, Jesús aún no ha regresado a establecer Su reino. Nuestra redención aún no se ha completado y nosotros, aunque por fe ya somos salvos, todavía luchamos con nuestra condición humana y carnal. Pablo también sufría esa lucha interna que todos tenemos y la menciona en Romanos 7:
“Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.” – (Romanos 7: 21-25)
No podemos negar que El Espíritu y la carne están en constante conflicto, pero Dios puso en nosotros la capacidad de decidir a cuál de los dos nos vamos a someter. Es en ese proceso decisivo que la alabanza juega un papel esencial.
Alabanza NO ES un sinónimo de adoración, ya que no son lo mismo. La alabanza es algo que nosotros estamos llamados a hacer por decisión, mientras que la adoración es la reacción nuestra cuando estamos ante Dios. La alabanza es la puerta que nos lleva a la victoria sobre nuestros conflictos, pero solo si decidimos abrirla y entrar. Alabar a Dios es la expresión que sale de nosotros cuando decidimos reconocer a Cristo como Señor de toda nuestra vida. La alabanza es esa declaración sincera en la que lo ponemos a Él por encima de todo lo demás y lo exaltamos.
Alabar a Dios no consiste en solo decir ciertas palabras o expresiones y esperar que provoquen algún efecto sobrenatural positivo. Las mismas tampoco producen resultados por sí mismas, sino que salen como la expresión de una decisión que ya fue tomada en nuestro corazón, porque “…de la abundancia del corazón habla la boca”. (Mateo 12:34) La alabanza es la que hace real nuestra decisión y la expresa de forma visible y audible. La misma establece en nuestra libre voluntad quién ocupará el trono de nuestro corazón. La alabanza a Dios es la expresión de una decisión tomada. En el Salmo 146, David le ordenó a su alma:
“Alma mía, alaba a Jehová. alabaré a Jahová en mi vida. Cantaré salmos a mi Dios mientras viva…”
Si pudiéramos contemplar a Dios en todo el esplendor de Su gloria, Su presencia y divinidad serían tan poderosas que no habría duda ni reservas para declararlo Señor Altísimo sobre toda nuestra vida. Su impactante presencia nos haría someternos en obediencia al instante. Sin embargo, Dios sabe que hacer eso sería imponer su deidad sobre nosotros. Él tiene la autoridad para hacerlo, pero ha preferido darnos la libertad de decidir por fe someternos a Él. Dios nos ama y desea que tengamos una relación de amor con Él, pero el amor no es algo forzado; el amor se entrega por voluntad propia.
Como ves, la alabanza es mucho más que cantar cánticos alegres o rítmicos. Alabar no es decir o cantar un conjunto de frases como si fuesen palabras mágicas que le decimos a Dios para tenerlo de nuestra parte. La alabanza es aquello que se expresa cuando decidimos rendirnos a Él por voluntad propia respondiendo a Su amor y negándonos a la rebelión de nuestra carne. Con la alabanza le damos a Dios el lugar que le corresponde en el trono de nuestro corazón. El resultado es que Su Espíritu se manifiesta en nuestro interior y percibimos Su presencia. Entonces, al reaccionar a la manifestación poderosa de Dios en nuestro ser, le adoramos y nos sometemos a Él en total confianza.
Esa adoración real es la que desata en nosotros un maravilloso proceso de cambio y hace que de nuestro interior corran ríos de agua viva. (Juan 7:38). Ese cambio ocurre porque al alabar a Dios, le damos pleno acceso a nuestro corazón para que Su Espíritu tome control, transformándonos y renovándonos de adentro hacia afuera. Dicha transformación es la que provoca en nosotros un deseo ardiente por compartir de esa agua viva con otros y ser testigos de Su amor y grandeza. De esa forma nos convertimos en evidencia contundente del poder y amor de Jesús y somos verdaderos embajadores de Cristo al resto del mundo. Es por esto que la alabanza es tan necesaria, no porque Dios necesite que le alabemos, sino porque somos nosotros los que necesitamos alabarle. Hacerlo no siempre es fácil porque muchas veces nuestra carne no está dispuesta. Entonces es necesario sacrificarla y someterla al Espíritu. Alabar a Dios es esa expresión en la que reconocemos que Dios sigue siendo Dios, no importa nuestro estado de ánimo ni las circunstancias difíciles que nos rodeen.
“Así que, ofrezcamos siempre a Dios sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan Su nombre…” (Hebreos 13:15).
La primera expresión de alabanza que hicimos en la vida fue el día en que decidimos aceptar a Jesucristo como nuestro Señor. En ese momento le entregamos nuestra vida a Jesús y le abrimos la puerta a Su Espíritu para que habite en nuestro interior. El cambio que ocurrió en nosotros ese día fue monumental. Sucedió así porque fue en ese momento que decidimos reconocer a Dios como lo que Él es. Sin embargo, ese día solo marcó el inicio de un proceso de transformación en nuestras vidas. Dicho proceso es constante y es por esto que no debemos olvidar la importancia de la alabanza a Dios en nuestra expresión diaria.
“Bendeciré a Jehová en todo tiempo, su alabanza estará de continuo en mi boca”. Salmo 34:1
Es importante aclarar que cuando los creyentes alabamos a Dios, el Espíritu Santo no se nos acerca desde afuera, sino que el mismo se manifiesta desde adentro. No tenemos que estar invocando ni llamando al Espíritu Santo para que venga o descienda porque el Espíritu de Dios ya habita dentro de nosotros. Lo único que tenemos que hacer es alabar a Dios de corazón. La alabanza es la clave para desatar la obra del Espíritu Santo en nuestro interior. En otras palabras, la puerta que nos da el acceso a la presencia de Dios para adorarle en la hermosura de Su santidad es la alabanza.
Si bien la alabanza es la puerta, la llave es la cruz, ya que es por la obra redentora de Jesucristo que tenemos acceso a Dios. La alabanza es algo que expresamos por fe cuando creemos en la eficacia de la sangre de Jesús. Por lo tanto, le alabamos al reconocer el inmenso beneficio que la gracia de Dios nos ha provisto. La alabanza es también una acción de gracias a Dios por haber pagado el precio de nuestra redención con Su sangre. Sin la cruz, el acceso a la presencia de Dios no sería posible. Sin embargo, cuando por medio de la cruz hacemos real ese sacrificio de alabanza, entonces adorarle es algo natural porque el ambiente ya está propicio. (Salmo 22:3)
La adoración es entonces lo que nos sucede cuando Dios responde a nuestra alabanza y se manifiesta en nuestro interior. Él no falla. Él siempre responde cuando nuestra alabanza es genuina, pero si no hay una alabanza sincera, no puede haber adoración. Sin sacrificio no puede haber respuesta. La adoración, siendo esta una reacción a la presencia de Dios, no es algo que se pueda ensayar o declarar. No se produce ni se fabrica. Solo Dios la provoca con Su presencia y al ser transformados por ella, la adoración deja de ser solo una experiencia para convertirse en la mejor forma de vivir la vida.
Es necesario comprender entonces que la alabanza y la adoración no son lo mismo. La alabanza NO se debe considerar como algo menos profundo o menos importante que la adoración. Ambas cosas tienen su importancia, pero debemos entender que si no hay un sacrificio de alabanza, adorar es imposible. Como mencioné, sin sacrificio no puede haber respuesta y sin respuesta no hay victoria.
Tal vez una de las razones por las que la Iglesia ha perdido el impacto que una vez tuvo en la sociedad sea porque hemos convertido los altares donde antes ofrecíamos sacrificios de alabanza a Dios en escenarios donde hoy brillan los ídolos del protagonismo y el entretenimiento cristiano. Necesitamos con urgencia restaurar los altares rotos en nuestras iglesias. De paso, examinemos de una vez el altar de nuestro corazón por si también necesita ser reconstruído.
En el próximo capítulo veremos lo que significa vivir la vida de un adorador. No olvides darle “follow” a este blog y suscribirte para que sigas recibiendo nuevos capítulos. ¡Comparte este mensaje con tus amigos, ministros y pastores!