Por: José “Pepe” Ojeda
En el capítulo anterior cuestionamos las recientes tendencias o modalidades que la Iglesia cristiana moderna ha adoptado llamándolas “worship”. También pusimos en tela de juicio si el efecto de dichas tendencias en la Iglesia ha sido el que se esperaba o si lo que han provocado es una confusión entre lo que es adoración y lo que es emoción.
Como ejemplo, expusimos solo una de las múltiples piezas de evidencia que demuestran las consecuencias que han sido el saldo de estas tendencias en la juventud. Entre otras cosas, estas prácticas han dejado una cosmovisión frágil en la mentalidad del joven cristiano promedio que al exponerse a un medio ambiente secularista como lo son las universidades, sus creencias y convicciones son retadas hasta derrumbarse. Esto levanta una serie de cuestionamientos de los cuales mencionaré solo algunos:
1. ¿Por qué esta modalidad de adoración que se ha vuelto mundialmente popular en la comunidad cristiana no ha rendido los frutos que deberían ser el resultado neto de la misma?
2. ¿Por qué tantos jóvenes cristianos que hoy salen a la calle no tienen un fundamento sólido que los ayude a mantenerse firmes al enfrentarse a la sociedad en la que vivimos?
3. Si sabemos que el fruto de la adoración es transformación, fortalecimiento de la fe y crecimiento en nuestra relación con Dios, entonces ¿cómo explicamos el hecho de que un 75% de nuestros jóvenes se aparten del Dios que antes adoraban?
4. Sabemos que adorar a Dios produce buenos frutos en la vida de un creyente, pero si los mismos brillan por su ausencia en la mayoría de nuestros jóvenes, entonces ¿qué es lo que hemos estado haciendo en la Iglesia por todo este tiempo?
Esta realidad nos obliga a cuestionar el curso que la Iglesia ha tomado en estos últimos años. Este el momento en que nos toca confrontar los hechos y hacernos algunas preguntas fundamentales:
¿Lo hemos estado haciendo bien?
¿Cuál ha sido el fruto de toda esta moda religiosa que hoy llamamos “Worship”?
¿Qué piensa Dios de todo esto?
Todos sabemos que la Palabra de Dios nunca vuelve atrás vacía. Dios recibe a todo aquel que le busca de corazón para recibir salvación. Pero ¿es eso indicativo de que lo que estamos haciendo como Iglesia agrada a Dios? ¿Cuál será Su respuesta cuando le preguntemos: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre y en tu nombre echamos fuera demonios e hicimos muchos milagros…? (Mateo 7:22) Tal vez si actualizáramos un poco ese pasaje bíblico diríamos: “Señor, Señor, ¿no cantamos las canciones de mayor difusión en la radio cristiana? ¿No hicimos eventos y conciertos de “Worship” llenando estadios con miles de personas? ¿No transmitimos nuestros eventos y servicios por internet al mundo entero y nos convertimos en la iglesia con mayor audiencia cibernética?”
Te aseguro que lo que hará la diferencia entre escuchar a Dios decir: “Bien, buen siervo fiel…” en vez de escucharlo decir “Nunca los conocí, hacedores de maldad.” no será ni los eventos, conciertos, ni congresos. No será la calidad del sonido ni las canciones ni las luces o las enormes pantallas con efectos visuales. Tampoco serán las danzas, los dramas ni las pantomimas. No serán las mega iglesias ni las prédicas de “apóstoles” famosos y mucho menos la cantidad de audiencia que alcancemos en las redes sociales. La diferencia será la transformación que produzca el fruto del Espíritu en aquellos que le aman, le obedecen y tienen una relación con El.
Hagamos una prueba:
Imaginemos que estamos viendo un popular programa televisivo de variedades y entrevistas estilo “talk show”. En el programa hay variados segmentos musicales donde participan algunos de los artistas más conocidos. Luego pasamos a la sección principal del programa. Es la entrevista que todos quieren ver y que se había estado promocionando por semanas. El anfitrión llama a su invitado especial de la noche y al escenario sube nada más y nada menos que Jesucristo en persona. El público en el estudio se levanta en una larga ovación y el aplauso es ensordecedor. Finalmente, Jesús y el anfitrión del programa toman asiento en dos cómodas butacas que son parte de la escenografía. El escenario luce como una sala acogedora con una mesa de centro y un par de tazas de café. Es el ambiente perfecto para iniciar una interesante conversación. El público espera ansioso presenciar el encuentro y al fin la entrevista comienza.
Luego de algunas preguntas y comentarios ligeros, el anfitrión decide ir al grano abordando el tema principal de su entrevista y le pregunta a Jesús:
“- Señor Jesús: quisiéramos saber su opinión respecto a ciertos temas de interés para nuestro público televidente. Como usted sabe, en los últimos años la Iglesia ha logrado muchísimo. La música y las artes han alcanzado un alto nivel de excelencia y nuestras reuniones se transmiten a todos los confines de la Tierra. Por lo tanto, le quisiéramos hacer las siguientes preguntas: ¿Cuál es su opinión respecto a la adoración de la Iglesia hoy día? ¿Le agrada a usted la adoración que la iglesia le ofrece? ¿Le parece que Su pueblo le adora en espíritu y en verdad? ¿Cree usted que la Iglesia sabe lo que está haciendo y conoce la voluntad de Su corazón? ¿Somos buenos testigos del poder y del amor de Dios al mundo?“
Hagamos una pausa y pensemos: ¿que contestaría Jesús a esas preguntas? ¿Tenemos siquiera una idea de cuál sería Su respuesta? Y si la tenemos, ¿nos atreveríamos a enfrentarla, o sería preferible no preguntar? He compartido esta prueba imaginaria con algunos líderes y pastores, pero al hacerles esta ilustración mencionando estas preguntas es obvio lo que el silencio, las miradas nerviosas y las cejas levantadas me dicen. Casi ningún líder quiere enfrentar esas preguntas, mucho menos encarar las respuestas. Tal vez sea porque en el fondo saben que sería absurdo asegurar que todo está bien. A su vez, si contestan lo contrario tendrían luego que responder por qué continúan haciendo lo mismo.
¿Cuál sería entonces la respuesta del Señor? Bueno… no olvidemos que esto es solo una prueba y que dicha situación es imaginaria, ¿cierto? No pretendemos poner palabras en la boca de Jesús, aunque esto signifique ignorar lo que muchos ya sabemos, o como dicen en inglés, “ignoring the elephant in the room”. La realidad es que muy pocos aceptarían la responsabilidad de admitir que la Iglesia se ha enfriado en su relación con Dios y se ha envanecido en sus propias fantasías. Sin embargo, para muchos pastores y líderes es más conveniente dejar las cosas así. Es más fácil ofrecer entretenimiento que complazca a las masas mientras se aseguran una mayor membresía y con ella un aumento en las ofrendas.
Entonces, si miramos este asunto de forma objetiva es muy probable que lleguemos a la conclusión de que la forma en que la Iglesia en general está funcionando hoy no es como Dios quiere que funcione. Esa realidad levanta muchas interrogantes, pero algunas de las que más me dan vueltas en la cabeza son:
¿Habrá hoy algún ministro con la fe suficiente como para detenerse en la marcha y re-evaluarse delante de Dios?
¿Será posible que estando atrapados dentro de un sistema que nos ofrece tanto crecimiento, éxito y popularidad tengamos la valentía de hacer un alto y medir el fruto que dicho sistema ha producido en las nuevas generaciones?
¿Estaríamos dispuestos a asumir el costo de rendirse, buscar la voz de Dios y confiar en Él aunque eso signifique una baja en membresía y popularidad?
La respuesta a estas interrogantes dependen del concepto que tengamos sobre quién realmente es el Dios que decimos que adoramos. Dicho concepto será también lo que demuestre si nuestra adoración es legítima o si solo es una modalidad fabricada. ¿Cuál voz escucharemos, la voz de lo que le gusta a la gente, o la voz de Dios? ¿Haremos lo que Dios quiere, o nuestra propia voluntad? Te garantizo que ambas casi nunca están de acuerdo.
Confiar en Dios en lugar de seguir las estrategias humanas y las tendencias comerciales de crecimiento es algo que está íntimamente ligado al tamaño de nuestra fe y todos sabemos que sin fe es imposible agradar a Dios, mucho menos adorarle. Quizá otra pregunta que el anfitrión del programa debió hacerle a Jesús es si realmente ha hallado fe en los corazones de muchos líderes y ministros cristianos.
No estoy diciendo que aplicar estas estrategias esté mal, pero aplicarlas sin discernir su costo sería una locura. Es responsabilidad de los pastores y líderes medir el costo espiritual que conlleva obtener los aparentes beneficios que ofrecen estos sistemas de mercadeo religioso que tan populares son hoy. Solo Dios es quien nos puede abrir los ojos para ver si lo que estamos haciendo es lo que Él nos llamó a hacer; pero para saberlo es necesario que en medio de todo este afán hagamos una pausa para buscarle.
Sin embargo, es inútil buscar la dirección de Dios para luego no estar dispuestos a seguir por el camino que Él nos indique. Esto es porque una vez estamos metidos de lleno en las tendencias y modas religiosas, salir de ahí para buscar el camino correcto conlleva un costo. La pregunta es: ¿Estamos dispuestos a asumir el costo de nuestros errores y volver al camino que Dios quiere para nuestras vidas, o es que ya pasamos el punto donde no hay regreso? He ahí la prueba de nuestra fe.
Entonces ¿cómo podemos inferir las respuestas a las preguntas que le hizo el anfitrión del programa a Jesús? Para eso debemos antes definir de una forma clara y sencilla lo que realmente es adorar . Tal vez la definición te sorprenda y te haga reconsiderar lo que habías pensado hasta ahora. Eso lo discutiremos en el capítulo siguiente.
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